Erick Aguirre
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A veces me pregunto si los artículos periodísticos tienen lo que algunos llaman “rango” de literatura, y al tratar de responder termino siempre envuelto en una vieja e interminable discusión.

Quienes discuten el asunto suelen, alternativamente, despojar o conceder al periodismo el beneficio de cumplir los requisitos mínimos para al menos situarlo en una posición privilegiadamente cercana a la literatura.

Con frecuencia yo termino por concluir, no sin cierta sensación de duda, que la anhelada conciliación entre literatura y periodismo está en saber apreciar la calidad con que se ejercen ciertos géneros, como la crónica, por ejemplo.

Pero hay quienes recurren con más o menos eficacia al artículo de opinión o a la columna, que como muchos de los buenos textos literarios apelan al principio del placer que nos procuran el don de síntesis, la eficacia descriptiva, la pasión y la ironía.

Es quizás el caso de Carlos Ampié Loría, quien ha seleccionado algunos de sus artículos publicados durante más de una década y los ha reunido bajo el título No puedo ni quiero callar (Amerrisque, 2016).

Ampié es escritor, traductor y, como lo demuestra con esta colección o miscelánea de textos, un notable articulista.

Estudió en Alemania en los años ochenta, y allá reside desde entonces. Pero eso nunca le ha impedido visitar con frecuencia, y a veces por largas temporadas, su Nicaragua natal.

Tampoco le ha impedido permanecer embebido de nuestro acontecer cotidiano a través de la información periodística, con la cual ha establecido desde hace ya muchos años un rico y dinámico proceso de retroalimentación.

El resultado de ese proceso está ahora en nuestras manos, en este libro de carácter misceláneo que contiene artículos sobre diversos temas cuyo centro de gravedad nos atrae siempre a Nicaragua: a sus problemas, sus dilemas; sus virtudes, carencias y retos en los diversos campos de la actividad humana.

Hay aquí artículos acerca del uso o abuso del idioma, en los que el autor se muestra como un agudo y vigilante cazador de gazapos; también acerca de la cultura de masas y las deformaciones a que los productos mediáticos de consumo masivo, como las telenovelas, nos pueden conducir.

También hay textos acerca de literatura y del oficio de escribir; así como opiniones, análisis y reflexiones sobre otros temas relacionados con la condición humana que se desarrollan tanto dentro como fuera de nuestras breves fronteras.

Leer estos artículos me ha recordado que en una democracia el periodismo está obligado a brindar una relación verídica e inteligente de los hechos cotidianos, bajo un contexto que les dé un sentido claro. Es decir, presentar con claridad los valores más representativos que conforman la esencia de una sociedad.

Pero cuando por determinadas circunstancias los periodistas se alejan de esos principios, sobre los articulistas recae la responsabilidad de opinar y argumentar.

Decía el mexicano Vicente Leñero que el artículo es “el ensayo del periodismo”, el género subjetivo clásico en el que se exponen opiniones y juicios sobre noticias o temas importantes y de interés general; reflexiones juiciosas suscitadas por hechos ingentes, cuya base argumentativa suele recurrir a inteligentes y emotivas evocaciones personales.

Pero esas reflexiones y evocaciones deben ser expuestas en forma ordenada y atractiva; con un lenguaje razonado y argumentado cuyo propósito debe ser convencer, aconsejar, refutar, instruir e informar.

Es lo que he buscado en estos textos de Ampié, cuya reunión en libro se justifica, creo que ampliamente, por el deseo de su autor de mostrar su propio aprendizaje; dar cuenta del itinerario de un lector/autor que se resiste al desaliento de un mundo en crisis y que es capaz de deslumbrarse con la riqueza y los buenos augurios, tanto de la “realidad real” como de la realidad de la literatura.

Ambas conforman una sola realidad difícil, sobre la cual es un deber opinar. Una realidad que, como lo ejemplifica elocuentemente Ampié, debemos documentar, entender, registrar y desplegar en las páginas de los periódicos ante el ojo atento y ávido del público.

Una realidad a la cual, no solo como simples comunicadores impersonales sino como periodistas y escritores pensantes, cuestionadores, reflexivos; debemos dar voz e imagen para ayudarla a encontrar un sentido.

* Escritor y periodista.

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