Jorge Eduardo Arellano
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Adicto a las faldas, monseñor Benito Garret y Arloví no ejercía discriminación étnica alguna en su lecho folgatorio. Pícaras mestizas, mulatas sandungueras e indias bonitas, casi adolescentes, asistían de noche con regularidad a su palacio episcopal. Pero una agraciada joven criolla le atraía más que nadie: la cumiche de un respetable matrimonio de la alta clase. 

Para conquistarla, el lascivo prelado prodigó regalos al matrimonio leonés y ayudó a un hermano de la muchacha en su ingreso al seminario San Ramón. Un día se quejó a Baltasar José Mancebo de Robles ––tal era el nombre completo del seminarista––, de la descortesía de su familia que nunca le visitaba, a pesar de los favores recibidos. 

En vista de ello, la digna madre —María Rosa Tercero de Robles— y su codiciada hija decidieron visitar al obispo, quien les mostró todo su palacio, culminando con el dormitorio donde sobresalía una cama suntuosa. Ante la sorpresa de la señora Robles por el lujo de la alcoba, Garret y Arloví le aclaró que dicha cama estaba destinada a ser compartida por él y su hija.

Sobresaltadas partieron las damas y la señora Robles comunicó el deshonesto hecho a su hijo estudiante, no a su marido para evitar mayor escándalo. Por su lado, Garret y Arloví amenazó con excomulgar a la familia si era denunciado. El joven Baltasar reclamó al dignatario eclesiástico, pero este mandó a encerrarlo en el Castillo de la Inmaculada; de allí escapó a Guatemala para dar quejas a la Audiencia. Levantada la información, se dio cuenta al Consejo de Indias que consideró lo más grave la amenaza de excomunión.

La fórmula usada de esta condena, temida por casi todo el mundo, era la siguiente: Malditos sean los dichos excomulgados de Dios y de su Bendita Madre, amén; huérfanos se vean sus hijos y sus mujeres viudas, amén: el sol se les obscurezca de día y la luna de noche, amén; mendigando anden de puerta en puerta y no hallen quién bien les haga, amén; las plagas que envió Dios sobre el reino de Egipto vengan sobre ellos, amén; la maldición de Sodoma, Gomorra, Datán y Abirón, que por sus pecados les tragó vivos la tierra, sobre ellos, amén; con las demás maldiciones del Salmo Deus laudem meam ne tacueris. Y dichas las dichas maldiciones, lanzando las candelas al agua, digan: así como estas candelas mueren en esta agua, mueran las ánimas de dichos excomulgados y desciendan al infierno con la de Judas apóstata, amén. 

Mientras tanto, Garret y Arloví insistía en su obsesivo propósito. Solicitó ayuda a la hermana mayor de la muchacha que pretendía, mas la señora se negó con indignación. El Consejo de Indias concluyó que Garret y Arloví debía ser expulsado de su Diócesis. Con rumbo a Honduras, salió el dignatario el 4 de julio de 1716; su objetivo final era embarcarse a España, pero el 7 de octubre del mismo año falleció repentinamente en San Pedro Sula.

Don Sofonías Salvatierra, en el tomo primero de su Contribución a la historia de Centroamérica (1939), narra con todo detalle este olvidado caso insólito en base a nutrida documentación del Archivo General de Indias, en Sevilla, (Audiencia de Guatemala, núm. 902). Al mismo cronista no se le escapa la intransigencia de Garret y Arloví, un enérgico funcionario real más que un predicador del Evangelio. Se recuerdan especialmente sus pleitos por cuestiones de jurisdicción con el gobernador de Nicaragua, Sebastián de Arancibia y con el de Costa Rica, José Antonio Lacayo y Briones, al igual que su visita pastoral a la última provincia, en la que excomulgó a quienes prescindían del precepto pascual y denunció a los curas amancebados que obligaban a los indios a sembrarles milpas y a construirles casas a sus barraganas, sin remuneración de ninguna clase. 

El carácter de Garret y Arloví se reveló en otra acción: la de sugerir una gran expedición armada para repeler las constantes invasiones depredatorias de los zambos miskitos a la provincia española. Por los demás, era un ejemplo vivo de la cultura eclesiástica de su tiempo. En 1706 dio a luz en Madrid, imprenta de Antonio de Reyes, el opúsculo orlado en su portada de 35 páginas: Panegíricos aplausos del aclamado mártir de la Francia, San Ginés Arelatense, pronunciados el 25 de agosto de ese año en su parroquia de la villa y corte.  

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