Lesli Nicaragua
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El periodista debe ser capaz de partirse en mil pedazos y quedar entero. (Gutiérrez Nájera) 

Aparte de retratar demasiado bien la historia real que cuenta --la pederastia que cometieron los curas de Boston durante décadas--, Spotlight, la película ganadora del Óscar a mejor cinta este 2016, nos trae con melancolía esa vieja forma de hacer periodismo --aquel que nos deja solo con la observación de los detalles y los mil obstáculos--, en una era en que lo digital atrofia muchas veces las capacidades neuronales de los noveles colegas, que se niegan a salir de su zona de comodidad porque solo hacen calistenia muscular con el ratón de la computadora.

Tal vez sea mi apego a las regiones más humanas del periodismo lo que me haga insistir en este tópico. El de humanizar los escritos, porque, y eso lo sabemos todos, detrás de cada frase, hay una persona trabajando informaciones de la vida diaria. La voz, diría ese gran articulista que fue Francisco Umbral, es lo que cuenta cuando se escribe periodismo de verdad. Porque cada historia solo tiene una voz que la cuenta.

Y solo se logra, dijo John McPhee, uno de los grandes maestros del nuevo periodismo, con la inmersión. Que no es otra cosa que estar en el sitio cuantas veces sean necesarias para integrarse al mundo que se narra. Impensable, diría cualquier editor vestido de la casaca de la posmodernidad, en un mundo donde los segundos inclusos están partidos en miles para darnos la idea urgente del tiempo perdido. Sin embargo, esa es la diferencia entre el periodismo de calidad y el que solo logra superar la información desnuda.

Porque, y los periodistas lo sabemos, a la gente le gusta que le cuenten una historia. Los datos fríos son para los estadísticos. Y las noticias urgentes son para quien las diga primero, no para quien las dice mejor, como reza una premisa del oficio. Y eso es precisamente lo que nos presenta Spotlight, un trío de periodistas que se dedica a lo que nos enseñaron a hacer esos viejos maestros de la escuela de periodismo: preguntar, observar, comprobar, analizar y escribir. Y sobre todo, insistir en ese olfato, de que detrás de cada dato, por mínimo que sea, puede haber una historia.

Así se destapó este enorme escándalo que, valga repetir, sucedió en realidad en Boston, y que causó los juicios que continúan hoy contra sacerdotes que violaban a niños en el mismo sitio donde oraban a Dios. Todo porque el editor jefe del Boston Globe se fijó en una pequeña nota suelta en una página interior del diario que consistía en una denuncia contra un cura pedófilo, y se hizo esta pregunta: ¿Es este el único caso de un cura que viola niños en esta ciudad? A partir de entonces, los tres periodistas se lanzan a una caza de información durante meses. Con imprevistos, negaciones y grandes obstáculos puestos por gentes que deseaban que esto no viera la luz, hasta que al fin, logran verificar las informaciones y redactan enormes reportajes con la voz dada por la inmersión y que les valió muchos premios.

Hace dos días he leído un reportaje en El País, de España, sobre la incipiente industria del cine sexual de bajo costo en México. Luego de la narración y la presentación dialogada --muy bien hecha-- de la actriz mexicana más joven en este género, se presenta una serie de estadísticas sobre quiénes son los más asiduos consumidores del producto. Y en ese recodo de datos, validados por una firma respetable, se lee que las mujeres nicaragüenses están entre de las que más  ven este cine. Aquí está, pues, una pequeña información que puede ser el germen de un reportaje de gran aliento, si es que alguien se atreve a recordar las lecciones olvidadas del oficio.

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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