Orlando López-Selva
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Rubén Darío siempre es controversial, eterno, prodigioso, pedagógico, hechicero, planetario. 

No se parece a nadie salvo a él mismo cuando se mira en el espejo de su reino poblado de relumbrantes versos de oro. 

¿Cómo puede morir si lo seguimos mencionando, denigrando o enalteciendo a diario después de cien años de partido?

O simplemente se murió el Félix Rubén García Sarmiento, con ese apellido García noble ―como García Lorca y García Márquez― que ha sacudido nuestra lengua hasta convertirla en prosa y versos que anonadan y resplandecen en la literatura de tres siglos. 

Todos ya sabemos que Félix acometió el embellecimiento de esa otrora lengua castellana: provinciana, de paisajes bucólicos, naranjales tristes, castillos deshabitados, torres frías de contorsionada caligrafía morisca, nevados grises o costas roídas por un mar-trampolín de aventureros y colonialistas.

La castellana y aragonesa conquista dispersó el verso que Rubén convirtió en imágenes nuevas, odas esplendorosas y palabras agitadas que germinaron en imaginación fecunda y  múltiples formas de expresión, más directas y cortas para la prosa; y más sublimes y sonoras para la poesía.

Darío polinizó al añejo dialecto de Castilla y de ahí resurgió la meliflua lengua española universal. 

Cuando llegó a España ya era un conquistador letrado. Su pluma ―objeto de burla de don Miguel de Unamuno― no lo amilanó. Ah! Pero si lo hubiera conocido el otro Miguel ―el de “adarga en ristre y yelmo de mambrino”― lo habría reverenciado con gozo de padre complacido. Se habría bajado de su flaco Rocinante para decirle un ¡enhorabuena, mago del verbo grácil!

Rubén es más que un hombre de letras. Es un visionario-globalizador que se nutrió con y enriqueció las literaturas fantástica y viajera.

El poder de su palabra fue más allá de los mares surcados por  pequeñas carabelas. ¡Ah! ¡La imaginación de Darío, solo comparable a la de Milton, el Dante, Petrarca, y otros poetas iniciados en las alas de Las Mil y una Noches! 

Con la creatividad del matagalpino-leonés-latinoamericano volamos en alfombras y caballos alados al Oriente que tanto influyó también en escritores viajeros: Verne, Salgari, Michaux, Burton, Benoit, Gironella. Igual lo hicieron los pintores orientalistas ―comenzando por los clásicos italianos que sacaban de la Biblia a personajes míticos o semi-divinizados; o los clásicos y pre-impresionistas franceses que recogieron en sus lienzos sabor, color, aromas y formas exóticas provenientes del Oriente y Norte Africano.  

Rubén dibujaba sus palabras en azul (en ese color apasionante que usaba el pintor clásico francés Nicolás Poussin).El poeta todo lo convirtió en símbolo, emoción, nave y telescopio. Desde entonces todo es distinto cuando oímos nombrar la polifónica palabra azul.

En el poema “Divagaciones” (que mi padre decía era uno de los mejores poemas en lengua española), nos seduce por su amor a las culturas vigorosas, las variadas razas, civilizaciones distintas, lenguas, imágenes, paisajes misceláneos. Ahí Darío despliega todo su ímpetu globalizador.

¿Por qué no hacer de ese poema el himno de la globalización? 

Pero no solo en este poema (¡la enumeración es infinita!). También en sus cuentos orientales. En toda su prosa periodística hay una sorprendente exaltación al progreso pujante (una motivación que le nació luego de leer a Whitman, creo yo); pero que también le llegó por la Exposición Universal de París de 1900; y su contacto con tantos eventos y personajes en Francia). Aunque, Darío, al principio fue cauteloso. ¡Pero luego describe con ánimo y minuciosidad: locomotoras, barcos, el globo! Eso sí, siempre enaltece lo clásico y lo antiguo. Y él confiesa sentir emociones encontradas al entrar a la modernidad. 

Lo más al Este que Darío estuvo fue en Hungría. Y sí, creo, cruzó el Mediterráneo para ir a Marruecos y contactar, brevemente, culturas árabes y bereberes.  

En su intermedia y postrera obra encontraremos una exaltación a la diversidad cultural, a las lenguas más sonoras, a los viajes extravagantes, los rostros de  mujeres exóticas, los objetos de remotas tierras o las literaturas más diversas. (Neruda después exaltaría al mar; Borges, los mapas). 

¿A Rubén le encantaba el mar? ¿Del mar también extrajo su azul, al igual que de los poetas simbolistas franceses?

¿Su descubrimiento es la misma emoción de ese “Planeta azul” que mucho después tuviera, desde una nave espacial, un astronauta norteamericano?

El poeta nicaragüense no solo renovó el español pos-quevediano. Darío nos guía más allá de lo provinciano. Su vocación es planetaria; su verbo multicultural, peregrino; su ímpetu transcendente, polifónico, viajero y fantasioso.

Rubén no pasa de moda; está en su apogeo cien años después nuestro… “padre mágico y liróforo”… azul.

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