Jorge Isaac Bautista Lara
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Madre Teresa de Calcuta decía: “Hoy en día cuando casi todas las enfermedades tienen remedio, no se ha encontrado todavía remedio contra la indiferencia hacia el prójimo”. Por su lado, José Saramago, premio Nobel de Literatura, decía que hemos obtenido un desarrollo tecnológico tal, que hemos logrado llegar al planeta Marte, pero aún no hemos podido llegar al corazón de las personas.

En una orquesta, al brindar un concierto, interviene con una variedad de instrumentos: viento, percusión, cuerda y electrónicos. Y el sonar coordinado del conjunto de instrumentos, perceptibles o no, es lo que da el resultado de las deliciosas melodías que solo el conjunto puede producir para deleitarnos.

Podemos tener un instrumento de predilección que al sonar resulta de mayor agrado que el resto. Pero estamos perdiendo de vista que la existencia de ese sonido es el resultado del conjunto de tonos y tiempos repartidos que hace destacar y sonar maravilloso el instrumento que nos gusta; y es lo que hace funcionar una orquesta.

Está pasando en centros de trabajo, que cuando un trabajador no es de nuestro gusto, se procede fácilmente al despido. Y el abuso del cargo y poder temporal, se entroniza, en detrimento de las mismas empresas y ente público; de sus resultados finales. Ello está significando que al darse cambio de jefe, es alarma de angustia general, al traer como segura prioridad la tarea de “limpiar” el personal que no es de su agrado, sin valorar expediente, antigüedad y preparación académica. 

El resultado es una cultura de “sumatoria cero”, es decir; un permanente reiniciar, recomenzar a preparar personal, pagando el costo de la experiencia que el personal despedido se lleva. Si evaluásemos el nivel de desarrollo que lograríamos en el tiempo si el centro de trabajo retuviese a ese personal calificado que se despide, las cifras mostrarían y demostrarían lo equivocados en el proceder en esta dirección. A esos niveles uno de los costos y pérdidas es el de la experiencia; otro el de la lealtad, al ver el trabajador que “las lealtades a la empresa son facturables”; que lo seguro es sobrevivir por su cuenta e interés, remando individual mientras se pueda, e ir buscando otro trabajo. 

Hemos normalizado el concepto de “trabajador desechable” (“ya no te necesito”), y el constante daño a economías familiares. En una sociedad donde perder el trabajo equivale a dificultad para sobrevivir y vivir. Hemos de valorar que es la integración del conjunto de trabajadores, la diversidad de caracteres y preparación, es parte del funcionamiento social de una empresa, institución o ministerio. 

El asunto es aprovechar potencialidades y traducirlas positivamente. El ir eliminando a los que nos parecen fuera de nuestro gusto, desgarradora costumbre, se está entronizando, transformando las relaciones laborales en relaciones “a la carta”, es decir, al gusto exacto de cada jefe, teniendo el efecto de la extrema tensión;  permanencia insegura, donde el desempeño eficiente no está resultando ya garantía laboral. Es un llamado a no actuar con voluntad cáustica contra los trabajadores. A estudiar cada caso con serenidad de pensamiento, observando el despido como instrumento de última instancia, no primera. Asumir cargos directivos con voluntad institucional, de permanencia y no de eliminación.

Anthony de Mello dijo: “la vida es una sinfonía”. Donde las diferencias estarán siempre presentes, de manera que es nuestro deber aprender, modular e integrar al concierto a los trabajadores. Cada despido trae consigo niñez sufriendo.

Bajo el lema de reducción de costos, estamos cometiendo actos inhumanos. Triturando vidas y familia; privando de recursos a seres que dependen de este trabajador y mandando hambre a las mesas. ¿Pensamos en ellos al hacerlo? ¡Midamos consecuencias!

El buen director de un ente público y el buen empresario deben ser tan capaces como el buen músico: “Un buen músico que ama la música, escuchará todos los instrumentos. Podrá tener preferencias por un instrumento… pero los escuchará todos”. (Anthony De Mello). 

De manera que no es acertado ni correcto vivir la vida en cargos de dirección, buscando y eliminando los instrumentos que acompañan en la orquesta. La mendicidad, que paradoja, podría ser la escuela precisa para empresarios y jefes de entes públicos; mandarlos, de manera obligatoria, a un curso de una semana de mendicidad en las calles (sin trabajo, casa, comida, etc.); ello les daría información y humanidad necesaria a su regreso para valorar con nobleza el trato y los recursos humanos y apreciar el dinero que obtienen. Necesitamos tanto el milagro de la misericordia para curarnos algún día la enfermedad de la indiferencia, y eliminar la distancia al corazón de las personas. 

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