Erick Aguirre
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Igual que de su propio país ha dicho el mexicano Enrique Krauze, de Nicaragua también se puede decir que, pese a ser nación propicia y fecunda en el campo de la literatura y la historia; no lo ha sido para un género que participa de ambas: la biografía.

Según Krauze las razones de esa condición están en nuestras culturas políticas, pues hablamos de un género próspero en ámbitos muy diferentes, donde ciertas condiciones le favorecen: campos abiertos al disentimiento que suponen una clara diferenciación de las individualidades.

Pese a que hemos producido individuos altamente protagónicos cuyas vidas cruzan estratos profundos y variados de nuestra historia; nos siguen haciendo falta biógrafos y seguimos siendo avaros en biografías.

Nicaragua, que pese a su atraso también es propicia y fecunda en individualidades históricas significativas, calza bien con este señalamiento; aunque vale señalar importantes excepciones: Edelberto Torres, Sergio Ramírez y Jorge Eduardo Arellano, quien ha sido desde hace más de medio siglo un historiador incansable y acucioso; pionero y principal ejecutor de la historiografía literaria nicaragüense.

Arellano ha publicado un libro que, siendo una fusión de ensayos que redundan en los distintos contextos en que se desenvolvió una figura histórica central; bien puede ser considerado, desde concepciones modernas del género, una biografía.

En Tacho Somoza y su poder –1933/1956– (2016), Arellano ha evitado tanto el “laudatorio juicio del partidario” como la “ofensa visceral del agraviado”, y concentrándose en Anastasio Somoza García como individuo, y en su “papel diferenciado” en la historia; ha reseñado un periodo de su vida (la del ejercicio de su poder) con una visión ecuánime.

Dividido en siete apartados, el libro abarca los principales contextos en que Somoza fue incidente y ejerció beligerancia en el escenario político nicaragüense; desde su nombramiento como jefe de la Guardia Nacional tras ocupar altos cargos como protegido de José María Moncada y haberse desempeñado como principal enlace con el gobierno estadounidense desde el Pacto del Espino Negro; hasta su muerte violenta en 1956.

Hay muchos aportes y revelaciones probablemente inéditas en este libro; pero solo puedo destacar ahora algunos. El primero refiere al acuerdo de paz entre Augusto C. Sandino y el presidente Juan Bautista Sacasa en 1934.

Interesante dilucidar cómo los deseos encontrados de Somoza por impedir reformas que disminuyeran el poder de la Guardia, y los de Sandino por debilitarla como heredera de la intervención norteamericana para crear un nuevo ejército; desembocaron en el asesinato del guerrillero, la exterminación de sus hombres y el derrocamiento de Sacasa por Somoza; iniciando así el prolongado periodo de su dictadura dinástica.

Eso explica en cierta medida el acto impulsivo de Sandino (que algunos califican de ingenuo) al viajar a Managua, donde lo esperaba una trampa funesta.

Interesantes los detalles documentados de las relaciones de Somoza con líderes y caudillos conservadores, con el movimiento obrero y los círculos de intelectuales. Arellano reproduce algunos epitafios satíricos (uno dedicado a Somoza y dos a Sandino) de José Coronel Urtecho, a quien registra como partidario y colaborador de Somoza como ideólogo, funcionario y diputado.

Interesante también el registro del ex GN Adolfo Alfaro Carnevallini (quien entrenó militarmente a Rigoberto López en El Salvador) como autor intelectual del atentado contra Somoza, movido por el deseo de vengar a su hermano Agustín, muerto en la rebelión de abril de 1954. Igual la reproducción de una certera semblanza del caudillo, escrita por el novelista guatemalteco Mario Monteforte Toledo.

Quizás partiendo de la psicología diferencial de William Stern, Arellano ha considerado a Somoza un personaje protagónico digno de ser biografiado, pues “tuvo la conciencia de asumir el quehacer de su vida creyendo que sus actos eran necesarios y no caprichosos”. 

Es probable, como dice Krauze, que aún no alcancemos el grado de diferenciación individual de las biografías anglosajonas; pero eso podría no ser una limitación. Quizá nuestras culturas propicien una opción más humana de la biografía como género. 

Si es así, deberíamos volver la vista hacia individuos y hechos concretos, más que a ideas abstractas, como lo ha hecho Arellano; y para eso lo que nos hace falta no son sujetos dignos de aproximaciones biográficas rigurosas, sino biógrafos capaces de hacerlo.

* Escritor y periodista.

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