Lesli Nicaragua
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Era inevitable. Un mal ha tocado con fuerza el corazón de la primera democracia del continente. Le llamaremos, como los politólogos modernos, peyorativamente populismo. Porque no  hay otro término que le calce a la perfección a la campaña política por la candidatura republicana que en este momento realiza un tipo de melena falsa y manos pequeñas, pero de boca grande y lengua de fuego.  

Tal vez  el olor de las almendras amargas y las ventosidades de la Mama Grande sean el mejor remedio para este mal de males que amenaza la tranquilidad mundial y que –obligadamente tendré que escribir su nombre- se dice llamar Donald Trump. Esta broma genética con apellido que nos trae reminiscencia de elefante, nos ha ofendido a todos los latinos de tal manera que se ha granjeado la animadversión de nuestros compatriotas dentro y fuera de Estados  Unidos.

Pero lo alarmante no es esa consecuencia. No. Sino que –y esto sí es surreal, diría Dalí- ha levantado una ola xenófoba en su país que lo apoya tanto, que sonaron las alarmas de todo el planeta. Incluso del mismo partido al que aspira representar, que le ha plantado cara y le ha hecho saber que las luchas de las individualidades se han ganado no con la retórica del odio, sino con la construcción en la diversidad, como alguna vez dijo Pierre Bourdieu.

En la Hermenéutica del sujeto, Foucault acierta que cada cierto tiempo emergen líderes que son capaces de movilizar las más recónditas perversiones que subyacen en las personas, haciendo uso de un lenguaje simbólicamente diseñado para administrar los placeres que el mal produce. Esto es lo que hace ahora este sujeto. A partir de una circunstancia dubitativa que se cierne sobre la cultura política norteamericana, compleja en sus adyacencias, pero que se resume así: dos campañas bélicas truncadas, pérdida de la hegemonía a favor de Rusia y un presidente de color. Es necesario, según la ley del chovinismo, que surja una imagen que con exabruptos modélicos –Goebbels el mejor- cale en el imaginario colectivo de una superioridad fenotípica.

Él lo sabe bien. Y aprovecha cada ocasión para esbozar discursos tan sustanciosos como el tamaño de su pene para gobernar. Las formas de sus manos. La construcción de un muro, como el de Berlín… Por Dios –diría el ateo Nieztche-, esto no es más que la muerte de la sociedad y de la inteligencia. Porque ha nacido –sin la ayuda de Shakespeare-  el bufón escarlata.    

* Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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