Jorge Eduardo Arellano
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El quehacer prologatorio de Rubén Darío fue rescatado por el patriarca de los darianos nicaragüenses José Jirón Terán (1916-2004). Guiado por la bibliografía dariana publicada en 1945 por el chileno Julio Saavedra Molina, tres fueron sus aportes: el discurso de incorporación a la Academia Nicaragüense de la Lengua: “Los prólogos de Rubén Darío: vasos comunicantes de las letras españolas e hispanoamericanas” (30 de septiembre, 1993); el folleto Quince prólogos de Rubén Darío (INC, enero, 1957) y la compilación Prólogos de Rubén Darío (ANL, 2003). Ahí reúnen 52 textos prologales (38 en prosa y 14 en verso); pero, en realidad, suman 37 los primeros, pues Jirón Terán erróneamente atribuyó a Darío el del colombiano Santiago Pérez Triana a la famosa traducción en español de El Cuervo, de Edgar Allan Poe, realizada por el venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde. Sin embargo, fue Edelberto Torres quien facilitó a Jirón Terán dicho prólogo, sin su fuente respectiva.

Como era de esperarse, los 51 ––todos publicados en vida de su autor–– la poseen y constan de exhaustivas notas al pie de página, suministradas en su mayoría por el dariísta alemán Günther Schmigalle, quien refiriéndose a la edición de 15 prólogos (1997) comentó: “Valía la pena rescatarlos: los prólogos son de una lectura amena y estimuladora. Se refleja en ellos la amplísima gama de amistades de Darío, la variedad de sus intereses, la virtuosidad de su estilo, todas sus calidades poéticas y humanas” (La Prensa Literaria, 24 de enero, 1998).

Las piezas culminan con “El último prólogo”, un cuento de 1913 en el cual Darío teoriza y cuestiona su quehacer prologatorio como capitán del modernismo en América Latina y España. De esta manera, si exceptuamos el prólogo de un folleto político centroamericano sin autor conocido, los beneficiarios de su pluma consagratoria fueron más de cuarenta literatos, casi todos amigos del poeta, entre ellos los chilenos: Alfredo Irarrázaval, Emilio Rodríguez Mendoza, Francisco Contreras y Alberto del Solar; los salvadoreños: Francisco Gavidia y Vicente Acosta; los uruguayos: Hugo D. Barbagelata, Armando Vasseur y José Enrique Rodó; los cubanos: José Joaquín Palma y José Martí; los peruanos: Ricardo Palma y José Santos Chocano; los argentinos: Carlos Guido Spano, Alberto Ghiraldo, Amado J. Saballos, Gervacio Méndez, Manuel Ugarte, Alejandro Sux yp Pedro A. Zavalla; el costarricense, Aquileo J. Echeverría; el venezolano, Rufino Blanco Fumbona; los colombianos: Santiago Pérez Triana y Eduardo Carrasquilla-Mallarino; el dominicano, Tulio M. Cestero; y el nicaragüense, Jesús Hernández Somoza. Hay que destacar, por lo demás, los prólogos a los libros de dos mujeres: la peruana Aurora Cáceres y la uruguaya Delmira Agustini.

Excluimos, naturalmente, a un norteamericano Edgar Allan Poe, a un persa  (Omar Al-Kallan) y a un portugués (Eugenio de Castro), autores respectivos de las famosas composiciones: Poemas  (Madrid,  Imprenta de Primitivo Fernández, 1909), Rubáyai (La Plata, 1914), y Salomé y otros poemas (Madrid, 1914), traducciones al castellano que Darío contribuyó a difundir por el mundo hispanohablante en virtud de su afán cosmopolita. Además, entre sus prologados españoles figuran nueve: Salvador Rueda, Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán, Gregorio Martínez Sierra, Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala, Javier Valcárcel, Joaquín Alcaide de Zafra y Alejandro Sawa. Estas piezas, con las dedicadas a los autores de la América nuestra, entrañan una relación trascendente para comprender y valorar la valoración modernista, sobre todo en España. Allí, cuando llegó Darío por primera vez en 1892, tras el impacto conmovedor de Azul…, se vivía la controversia de la influencia gala, la negación del indígena y hasta la existencia de la literatura hispanoamericana. Y se pensaba que España y sus antiguas colonias no eran sino una sola nación, constituidas por las fuerzas unificadoras de la lengua, la religión, las costumbres y la raza. Todo esto lo trastocó Darío.

Y su papel de prologuista actividad intelectual, remontado a 1887 en Chile, vino a constituir una faceta complementaria de su labor intelectual. Mejor dicho: de hombre de letras profesional y moderno. Por algo dejó de escribir prólogos, solicitados por sus compañeros y discípulos, hasta en 1915. Transparentes, no pocas veces críticos, alguna pequeña obra maestra de ironía, curiosos, eruditos e intertextuales, saturados de encomio objetivos unos, otros verdaderos ensayos, semblanzas y retratos líricos. De todo hay en estos prólogos, incluyendo convicciones estéticas y referencias autobiográficas.

En resumen, Jirón Terán se esforzó por difundir el quehacer prologatorio de Darío agotando prácticamente el tema en forma decidida y ejemplar.

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