Mónica Zalaquett
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Me llamo Alexander y tengo 23 años. Cuando mi mamá se embarazó de mí trabajaba como militar y se vendó el vientre para que no se le notara. Mi abuelita me contó que eso me afectó en el desarrollo y nací tan chiquito que me chineaban en una almohada. Mi mamá me dejó con mis abuelos cuando yo tenía seis meses y se fue con otro hombre con el cual tuvo tres hijos e hizo una familia aparte, aunque llegaba seguido a visitarnos.

A mi papá lo conocí cuando tenía 12 años y quiso que me fuera a vivir con él, pero mi abuela no aceptó. Yo crecí viendo a mi mamá como si fuera mi hermana y a mis abuelos como padres. Estudié hasta sexto grado solamente, porque a los quince años me metí en un grupo de mi barrio que se dedicaba a fumar marihuana y nos pasábamos casi todo el día en las calles. Es cierto que mis abuelos me dieron el amor que no me dio mi papá, pero yo me sentía mal en el aspecto de que no podía tener contacto con él y no recibí su apoyo cuando más lo necesité. Una cosa es que el padre de uno esté muerto y otra es que esté vivo y te niegue el respaldo y la guía para salir adelante.

Una vez me agarró la policía consumiendo marihuana y me llevaron a una estación policial. Yo no estuve de acuerdo con que me hubieran echado preso por consumir, porque muchos jóvenes preferimos la marihuana al alcohol que lo destruye a uno. La marihuana no destruye a nadie y yo no había cometido ningún delito, ni siquiera vendía la droga, solo la fumaba.

Pasé tres meses en la cárcel y ahí me sentí muy mal porque perdí mis estudios, mi tiempo y en mi familia estaban preocupados porque sabían que yo no era un delincuente.  En las celdas había un ambiente horrible, dormíamos en el suelo y a veces no podíamos dormir porque los otros presos gritaban y molestaban toda la noche. También nos teníamos que bañar como cuatro veces al día porque hacía un calor insoportable y cuando uno se enfermaba no te dejaban pasar las pastillas que te llevaban los familiares.

En otros países la marihuana es legal y yo creo que aquí sería justo que la legalizaran porque no se tiene por qué caer preso por consumirla. Yo nunca he cometido delitos, no he robado, no he vendido drogas ni he consumido piedra. Por eso creo que deberían revisar las leyes para que no se castigue un consumo que no le hace tanto daño a la juventud, mientras que por culpa del alcohol hay un montón de jóvenes que están enfermos, se ponen violentos y hasta han matado o se han matado.

Yo conocí al Ceprev cuando me mantenía en las calles o en los parques jugando. Me invitaron a un taller y me gustó mucho la experiencia porque aprendí a valorarme  y a darme cuenta de que podía salir adelante sin necesidad de las drogas. Cuando escuché a los otros hablar de sus situaciones familiares pensé que mis problemas no eran tan graves como los de ellos, y también que entre todos podíamos ayudarnos a encontrar respuestas positivas.

Antes era rebelde, no dejaba que nadie me dijera nada porque contestaba mal. Me pasaba todo el día en la calle y no quería estudiar. Ahora soy más tranquilo con las personas, saludo a los vecinos y me llevo bien con mi familia. Ya no salgo tanto, me quedo viendo televisión o paso el rato en el internet. Tengo ganas de estudiar barbería y quiero terminar la secundaria.

Mi barrio también ha cambiado porque antes había pleitos a diario, y la gente se sentía traumada cuando los muchachos se agarraban con las armas hechizas. Ahora la situación es diferente porque ya no hay pleitos, han disminuido los expendios y los muchachos están buscando como estudiar o están trabajando.

Le doy gracias a las sicólogas del Ceprev porque nos han ayudado a elevar nuestra autoestima y nos han conseguido becas para estudiar. Ya no me hace falta la marihuana porque trato de tener la mente puesta en otras cosas. La próxima semana voy a comenzar a estudiar barbería y pienso cortarle el pelo a los niños de escasos recursos y también poner un salón en mi casa para ayudarme y apoyar a mi familia.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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