Augusto Zamora R.*
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Empiezan a salir, en Europa, los nuevos modelos de vehículos, muchos de ellos dotados de potentes motores, capaces de alcanzar velocidades de hasta 350 kilómetros por hora.

Impresiona la cifra, pero más impresiona que haya fabricantes de automóviles afanados en sacar, cada año, vehículos más poderosos, cuando la velocidad máxima permitida en autovías no pasa, generalmente, de 150 kilómetros hora. En carreteras sencillas, de 110.

Las multas por exceso de velocidad pueden ser terroríficas. En Finlandia, un conductor fue multado con 54.000 euros (60.000 dólares). James, futbolista del Real Madrid, debió pagar 10.400 euros por circular a 200 k/h, más la acusación por delito contra la seguridad del tráfico.

Siendo así las leyes de tránsito, es absurdo hacer reclamo publicitario con autos de una  potencia que, únicamente, puede conducirnos a ruina y cárcel o, peor aún, la muerte.

Pero sucede. Pasa igual con un número elevado de productos tecnológicos, como los teléfonos celulares, llenos de programas que, como los autos, jamás utilizaremos. No obstante tal realidad, se pagan dineros por adquirirlos, aunque solo tenga utilidad el 10% del producto.

Los fabricantes juegan con uno de los siete pecados capitales: la vanidad, sinónimo de soberbia. Se adquieren bienes llenos de potencialidades inútiles no porque vayan a utilizarse, sino para presumir de ellos.

CV es caballos de vapor, fórmula para medir potencia. Más objetivamente, caballos de vanidad. Eso es lo que venden. No potencia, sino vanidad, montones de caballos de vanidad.

az.sinveniracuento@gmail.com

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