Francisco Javier Bautista Lara
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El Heraldo de Costa Rica publicó (mayo 1916), con el título De la vida que pasa. Darío, ha muerto, la frase: “¡Pobre Rubén! Era ingenuo como un niño y sensible como una mujer…”. Pregunto, ¿pobre por qué? ¿No son acaso esas virtudes humanas tan necesarias?, si prevaleciera la simplicidad ingenua de los niños y la sensibilidad que suele distinguir a las mujeres, ¿no creen que el mundo sería distinto? Pero, cuando se impone la insensibilidad, la malicia y la mala intención, las complicaciones humanas se exacerban y “sufren los débiles”, allí radicaba una de las vulnerabilidades de Rubén Darío, su virtud. “La vida cosmopolita, agitada, turbulenta, de continua peregrinación, no sirvió para crearle experiencia práctica”, escribió el poeta español Nilo Fabra (marzo 1916).

Estamos obligados a profundizar en la obra rubendariana, diversa y dispersa, no solo en la poesía, también en la bella prosa y en las eruditas crónicas. En ellas hay una visión del mundo, placer por la belleza, búsqueda incansable del hombre en sus contradicciones y adversidades, anhelo de paz y esperanza, un pensamiento unionista e integrador, una preocupación por los problemas políticos y sociales del entorno, un llamado a la convivencia, a la protección del medioambiente, un humanismo que se aturde ante el consumismo y los riesgos de materialización que apagan lo esencial del ser humano. Se conoce algo del poeta, lamentablemente limitado a algunos adornados poemas que se repiten, se lee escasamente al prosista, casi ignoramos al cronista, sino que lo digan las escuelas de periodismo y comunicación social, ¿quiénes lo estudian? ¿Dónde estaban hasta hace poco sus crónicas?

Últimamente, en el marco del centenario de su muerte, han aparecido algunas. Leámoslas y encontraremos en ellas actualidad, por el contenido y la forma, por el agrado que continúan despertando.

Algo hemos olvidado. Tenemos que aprender de su vida, de la capacidad de superarse y encaminarse al propósito de su existencia. Enuncio un ámbito ensombrecido por los defectos personales que suelen remarcarse. Darío era autodidacta, desarrolló la habilidad inagotable de aprender desde su niñez, era lector tenaz y diverso, devoraba bibliotecas. Edelberto Torres escribió: “una profunda comprensión de la importancia de poseer un vocabulario rico, induce a Rubén a estudiar el Diccionario de la Academia Española y memorizar las voces que por intuición reconoce que deben ser parte infaltable del léxico de un escritor”. Era observador constante, nada del entorno le era indiferente, no perdió la sensibilidad para sorprenderse, sabía escuchar. Osvaldo Bazil afirmó: “Nunca he visto a un hombre que, como Rubén, sin pronunciar una palabra, tomara parte activa en una conversación hasta el punto de dirigirla y hacerla interesante”. Estas fueron virtudes fundamentales para su genialidad creativa, para innovar y trascender.

Un rasgo de su personalidad fue la capacidad para dirigirse a otros con respecto, a responder con prudencia las críticas y las agresiones personales, se tragó las ofensas, no hizo mal intencional a nadie. Vargas Vila dijo, al referirse a los señalamientos de los que fue víctima: “los insectos se ufanan en la melena del león”. El argentino Enrique García escribió, a propósito de un suceso en París, en donde Darío fue víctima de robo por su secretario uruguayo Montespina, cuando algunos compañeros propusieron dar parte a la policía, el poeta exclamó: “Nunca en mis días la libertad de un hombre, por canalla que sea, vale más que la miserable cantidad de dinero que ahora nos aflige”. Es conocida la crítica que contra él escribió Vargas Vila por haber sido nombrado cónsul del gobierno de Colombia –a quien adversaba-, en Buenos Aires, y los elogios que Darío publicó sobre el escritor colombiano al conocer la falsa noticia de su muerte, que cambiaron la actitud de este hacia el poeta nicaragüense. Y la afirmación de Miguel de Unamuno: “se le veían las plumas de indio debajo del sombrero”, y la respuesta de Darío, una lección de incomparable calidad humana: “Mi querido amigo: ante todo para una alusión, es con una pluma que me quito debajo del sombrero, con la que le escribo…” para elogiar los poemas que había publicado el rector de Salamanca.

Leer, observar, saber escuchar, aprendizaje constante, autodidacta, responder con respeto, simple, ingenuo y sensible, en su complejidad de hombre imperfecto y genio. He allí la cara de Darío que también deberíamos enseñar en las escuelas para aprender y quizás imitar.

www.franciscobautista.com

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