Félix Navarrete
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A veces cuando me asomo todas las mañanas  al espejo para afeitarme, observo con asombro y temor que el cristal refleja una cara que no es mía, un rostro ajeno y extraño que al parecer siempre ha estado allí  acechándome como un fantasma insoportable. No es esquizofrenia ni locura.  

Ese otro yo me acompaña desde la infancia. No sé si nació conmigo. O está antes de mí, en algún lugar del universo. Pero se ha mantenido vivo. Se alimenta de mis dudas y bebe de mi sangre derramada. Desde la primera vez que me asomé por curiosidad  a un espejo para conocer mi rostro en detalle, entreví que dos imágenes se superponían en el cristal: la mía y otra. 

Una siempre  se va conmigo, la otra se queda y se disipa como un fantasma por los laberintos de la memoria.

Crecí con esa imagen y acepté convivir con ella. En la infancia fue un juego. En la adolescencia  sirvió de  extraño compañero.

Hablé con él como quien habla con un juguete. Llegué a la adultez y creí que ese otro, el intruso, se iría por aburrimiento. Pero no fue así.  Se arraigó.  A través de los años me acostumbré a vivir con ese  fantasma,  y este  se ha venido filtrando  en mis sueños, ha hurgado en mis pesadillas,  ha tomado  partido en mis decisiones, se enfrenta conmigo,  me cuestiona,  y no sé si ha sido responsable de la mayoría de mis actos. Es más, a veces ni siquiera me afeito para no verme con él. Pero  la curiosidad se las arregla, y cuando me percato, estoy frente al cristal lavándome los dientes o peinándome, o haciendo muecas, en un intento por desafiarlo para que aparezca y juguemos al más fuerte.  Entonces el fantasma aprovecha para seducirme y termino cayendo en su juego.

Algunos definen a ese otro yo con nombres científicos. Unos le dicen alter ego.  Yo prefiero llamarlo  el fantasma.  Tiene muchas máscaras y  personalidades. Es más habilidoso que la conciencia. Unas veces se encarna en Dios y me seduce día y noche con la vida eterna y su palabra viva. Otras veces es el diablo susurrándome al oído alguna propuesta malsana e indecorosa.  Al final termina ganando la batalla.  Es un fantasma más fuerte que yo.  Es lo que pude ser y no fui.  Es el presente, pero puede ser el futuro. Es el pasado riéndose de mí.

Basta asomarse al cristal cada mañana, para darnos cuenta de que el enemigo nos aguarda detrás del cristal. Nos asedia como un lobo rapaz en busca de presa fácil.  Quiere nuestra vida y nuestra alma.  A un lado  del espejo nos muestra la bondad, la generosidad y el amor. Al otro lado nos muestra  la  maldad, la vanidad, la soberbia, la indiferencia y la muerte.  Dos caras de una moneda.  Dios y el diablo contendiendo conmigo.

Lo cierto es que la vida es un espejo donde nos acechan muchos fantasmas. Es un cristal  incoloro que nos refleja fielmente la vida, aunque  tiene la magia de ver más allá de nosotros, de penetrar en nuestro mundo interior y develar lo que somos, de fotografiar nuestra alma y  descubrir  para siempre  al  fantasma que todos llevamos dentro.

Managua, 8 de marzo de 2016.
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

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