Galo Muñoz Arce
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Las desaparecidas argentinas, en Montañita Ecuador,  Marina y María José, “no solo desaparecen aquí, desaparecen en todo el mundo”. Las personas desaparecidas se van de todos nosotros. Tanto con las desapariciones como en los hallazgos sin vida, nos enfrentamos a  Estados que no tienen la voluntad de desmantelar la violencia, que no se preocupan por prevenirla y que ni siquiera logran sancionarla.

Sabemos que tenemos que convivir con estas violencias y por eso es inexcusable desconocer sus manifestaciones diversas, no son un monstruo de una sola cabeza. Marina y María José murieron por ser mujeres. Las violencias tienen múltiples formas y nos atacan en nuestras distintas vulnerabilidades porque somos vulnerables de distintas maneras. No hay violencias más urgentes de erradicar que otras ni muertes más importantes, pero sí hay violencias que cuentan con mayor tolerancia social.

Un cuerpo de mujer es algo que el mundo macho mira como un cuerpo siempre abierto que puede ser tomado, penetrado o tocado, que puede ser desnudado con la mirada o con las manos sin consentimiento. Para el mundo macho, un cuerpo de mujer puede ser usado de varias maneras e históricamente ha tenido menos valor que otros, esto es innegable. Es un cuerpo. No una persona plena, no una mujer, no un ser humano.

El cuerpo de una mujer es un cuerpo siempre expuesto porque el mundo que compartimos ha querido mantenerlo abierto para los otros. Son privilegios de uso que han mantenido quienes han estado en el poder durante siglos, y son hombres. Un tipo de hombre. Y un tipo de mujer que ha respaldado esos privilegios aunque vayan contra su propia vida.

Si hoy las mujeres mueren menos, es porque sus cuerpos se han vuelto  más soberanos. Se ha protegido, ha aprendido y se ha organizado para resistir. Vidas enteras de mujeres consisten en sobrevivir cada día, en preservar la vida, en intentar llegar a casa sin daño. Siguen  muriendo con una frecuencia tal que algunos países no han condenado esta violencia como “un genocidio a cuentagotas”. Es el caso de México, Guatemala, India, China, distintos contextos con una selección similar: niñas y mujeres.

En este estado de cosas, leer que las víctimas son culpables es desolador, porque revela que seguimos dispuestos a apoyar esta cadena de violencia contra las mujeres. Seguimos culpando a las “zorras”, no a los zorros.

Es preferible juzgar qué vestían Marina y María José, si habían bebido alcohol o no, si aceptaron irse con desconocidos. Sus familias recalcan que ambas eran buenas muchachas. La violencia no distingue entre buenas muchachas y chicas malas, las culpa a todas.

En el caso de Marina y María José, que se suma al caso de Karina del Pozo, de Vanessa Landínez, de Gabby Díaz, siempre hubo alguien que preguntó qué llevaban puesto y por qué habían salido solas. En el caso de Vanessa, se sigue  esperando, que se haga justicia por cientos de mujeres anónimas de toda condición social cuyos casos no significan réditos políticos y que por eso permanecen abandonados por la justicia.

En cuanto al caso de Marina y María José, es preferible cuestionar la cultura de Montañita, el uso de drogas y los estilos de vida de la gente que viaja o vive allá. Es más fácil cerrar bares y poner horas de cierre cada vez más temprano, como si la violencia empezara a las 3:00 de la mañana. La noche no es el único tiempo de la violencia, lo saben las mujeres agredidas en sus casas a todas horas o vulneradas al tomar el bus en la mañana.

Marina, María José, Karina, Vanessa, Angélica, no fue culpa de ustedes. Ustedes no son responsables de sus propias muertes. No fue su ropa, no fueron su sonrisa ni las decisiones que tomaron mientras vivían su vida. Ustedes no se hicieron golpear, violar ni asesinar. Ya no podemos tenerlas de vuelta ni conocerlas, escuchar su voz ni mirarlas en una foto que no diga “desaparecida”. Pero no fueron ustedes. Fueron ellos. No ustedes.

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