Erick Aguirre
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Mario Montenegro es, en mi opinión, el artista nicaragüense que más podría encarnar a estas alturas al juglar contemporáneo. Digo encarnar porque mi impresión al verlo y escucharlo conversar, cantar o ejecutar un instrumento, me parece estar ante la encarnación de uno de esos artistas ambulantes del Medioevo europeo que iban por las calles ofreciendo al público, por casi nada, sus espectáculos y creaciones en mercados y plazas públicas.

Sin embargo, hay una importante salvedad que obliga a atender una también importante diferencia: contrario a algunos juglares del Medioevo ante los monarcas y nobles de su época, y a contrapelo de algunos de sus colegas contemporáneos, Mario se niega a ser contratado como atracción y entretenimiento en fiestas y banquetes del fasto corporativo o mercantil.

Me consta que, cuando le toca cantar en un local, se niega hasta el enojo a satisfacer el gusto común de quienes exigen complacencias atendiendo la ingente alienación del llamado Hit parade.

“Para eso está la roconola. Yo no canto covers, solo canto mis canciones o las canciones que me gustan”, lo he escuchado decir enojado.

Lo conocí en 1986, en los jardines de la Casa Fernando Gordillo, donde entonces se reunían casi todos los artistas de Managua. Desde un resquicio en la oficina de redacción del suplemento Ventana lo había visto de lejos conversar con otros músicos, que después lo dejaron solo, sentado en una banca, donde empezó a sacarle notas a un clarinete que por entonces cargaba casi todo el tiempo.

Me lo presentó el poeta Juan Chow, con quien me le acerqué ese día hasta aquella banca donde se empeñaba en darle arreglo a las notas de una nueva canción. Ahí me dijo que de niño fue lustrador, después albañil, y, si mal no recuerdo, al arte llegó por fin cuando empezó a actuar como payaso en un circo. Así encontró su vocación: la música y el arte.

Es un bien dotado cantor, un magnífico pintor y un compositor prolífico y creativo; lo que lo ha llevado a desarrollarse también como poeta y escritor.

Por sus libros de cuentos y muchas de sus canciones es muy popular como autor para niños; aunque en realidad, según creo, es más bien un verdadero representante en Nicaragua de lo que se conoce como Canción protesta o Nueva canción, en una línea que yo más tiendo a asociar con el estilo de la música social y popular de Víctor Jara; con quien suelo compararlo no solo por cierto timbre de su voz, sino también por la semejanza de su origen: la clase trabajadora.

En los años setenta fue miembro de los Talleres de Sonido Popular y del grupo Gradas. En los ochenta ingresó a la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura y estudió Teatro Infantil en Cuba. Por ese tiempo su canción El negrito Cuñú Cuñú alcanzó gran popularidad. Sus canciones también ganaron y fueron finalistas en varias ediciones del Festival Nacional de la Canción “Rafael Gastón Pérez”.

Su extraordinaria discografía incluye obras como Los Cuentos del Conejito Azul, Cartas para María Sierra, El Bus Azul, Antología, Cantámela otra vez, Canciones de agua y Orín de Luna. Se ha presentado en foros de casi toda América Latina, buena parte de Europa y Japón, donde brindó multitudinarios conciertos y grabó un disco de casi medio millón de copias.

Como escritor ha publicado los libros de cuentos para niños: Coplitas para la Luna, Ronda de niños, Regalo de la nana Engracia, El Vuelo de los Payasos, El Caballito de Palo. Algunos de ellos tienen su versión en disco.

Es pintor talentoso, en mi opinión con gran influencia de Marc Chagall; por lo que él mismo suele ilustrar sus discos y algunos de sus libros.

Me lo encuentro con frecuencia en Café Concert El Panal, donde a veces nos sentamos a conversar. Casi siempre es él quien lleva la batuta de las pláticas, y en ellas suele recordar entre risas algunas anécdotas personales de artistas y escritores que fueron y son sus amigos; especialmente de Carlos Martínez Rivas.

En El Panal ha presentado su más reciente disco: Escaleras de sal. Sin duda otra indiscutible obra de arte.

* Escritor y periodista.

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