Lesli Nicaragua
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Este lunes pasado, El Nuevo Diario publicó la primera de ocho encuestas electorales que realizará la consultora M&R en todo este año, y dos resultados llaman demasiado la atención por su  contundencia para dejarlos pasar sin su debida explicación fundamentada en la cotidianeidad de las cosas, de las gentes, que son las que mejor lo hacen, y al fin, las que opinaron.

La primera de las aristas que sobresale del estudio son las ganas de votar que tienen los nicaragüenses. Y estos deseos no son porque sí. No, sino que se ha valorado el acto mismo del sufragio como proceso emancipador directamente proporcional al desarrollo de la conciencia. Y esto solo se logra cuando una sociedad ha superado los obstáculos que significan los fanatismos casi neandertales para decantarse por el civismo de una política nacida del debate, más que de los ataques.

¿Cómo se superó eso? Todo comenzó con la elección de 1990. Con la admisión -muy dolorosa para todos- de la derrota de un proyecto social, novedoso por cuanto atacado incisivamente por todas las maneras posibles por las fuerzas que siempre se oponen a los procesos autónomos de soberanía nacionales. El Frente tenía todas las riendas del país, pero prefirió el mandato de las urnas que el deber de la revolución. Un acto tan noble que marcó el derrotero a seguir. Lamentablemente para esa fecha no pude votar, pero ya era un adolescente con una curiosidad atípicamente hiperactiva.

Los actos confrontativos y el miedo fueron los coups de force de esa –gracias a Dios- extinta unión que triunfó democráticamente ese año. Y posteriormente fueron similares las campañas para el 96 y el 2001. Cuando las encuestas marcaban intenciones de votos lo bastante minúsculas para dedicarles elogios a las elecciones. Pero en 2006 se abre un nuevo panorama para la democracia nacional. Y aquí dejémonos de ignorancias compartidas y señalamientos torpemente aceptados, porque se desvaloriza el triunfo del Frente por el margen que consiguió en las urnas. Les podría dar fácilmente dos ejemplos de grandes democracias europeas y latinas que ni siquiera superaron el 30% de votos y ganaron (en Italia 2013, el primer partido obtuvo 29.5% de los votos. 2014 en Colombia el primer lugar obtuvo 29.26% en primera vuelta). 

Ese panorama en 2006 disipa los miedos y abre la opción del desarrollo sin la sumisión de la dádiva ni la compra de la voluntad. Evidenciado una vez más en  2011 al multiplicarse casi por dos el porcentaje con que se llevó las elecciones el partido de gobierno. Los números, me decía una matemática checa que trabajó conmigo en la universidad, son fríos, pero son exactos. Y desde entonces se han liado con la gente que dejaron atrás la astigmática visión del odio y decidieron trabajar por la superación. Y una vez lograda esta, el salto es de coeficiente cívico, lo que justamente ha venido a corroborar esta encuesta.          

Tal vez dirán, como dos colegas, uno de radio y otro de prensa, con los que ese mismo lunes discutí la encuesta, que estaré un poco político. Soy ser, les dije, y no hace falta decir mis preferencias, no entran a debate. Y con eso se anulan suposiciones.  Lo que no se anula es que el 76% de la población irá a votar este noviembre, no por imposición, sino porque ha valorado su papel en la democracia. Y el 65% de ellos lo hará por el Frente, un segundo dato que debe decir más que una estadística: una alianza con su pueblo. Lo demás, será historia.    

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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