Adolfo Miranda Sáenz
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Con el permiso y la generosidad de los lectores voy a referirme al Dr. Edmundo Miranda Sáenz, mi hermano recién fallecido. No disculpándome porque sea inmerecido presentar un comentario sobre la vida ejemplar de un destacado médico, sino por mi vínculo familiar.

Fue el primer pediatra nicaragüense con especialidad en neonatología, que ejerció en Managua, pero decidió después trabajar en Granada para servir a su ciudad. No vio su profesión como un medio de lucro, sino como un servicio humanitario que, aparte de permitirle dar una vida digna a su familia, fuera también accesible para quienes podían pagar menos o nada, o a veces retribuirle con vegetales, huevos o frutas. Un médico que fiel a sus ideales sociales sirvió con amor preferencial a los pobres. Que al partir de este mundo no deja más fortuna que el agradecimiento en muchísimos corazones de madres y padres, cuyos hijos fueron sanados y sus vidas salvadas por su capacidad profesional y noble dedicación. Y el cariño que supo ganarse de quienes lo conocieron.

Fue el primer Director del Hospital Infantil La Mascota, el cual, recién pasada la guerra, recibió con las paredes perforadas a balazos y sin un solo equipo funcionando. Logró acondicionarlo con gestiones internacionales y conformó un personal médico seleccionado por su capacidad profesional y no por su historial o ideología política, a pesar de la efervescencia de entonces. Al retirarse entregó un hospital infantil bien equipado y de primera clase, con tres bodegas llenas de donativos.

Como Director Docente de la llamada IV Región se interesó por el Hospital San Juan de Dios de Granada, donde no existía ni una incubadora. Creó la Sala de Neonatología o recién nacidos, que son los enfermitos más frágiles. Con el apoyo del Director, Dr. Javier Salinas, y la cooperación italiana, aquella sala se convirtió en una de las más modernas del país con excelentes equipos, incluyendo seis nuevas incubadoras. Estableció el banco de leche materna, plasma y sangre; y logró bajar la mortalidad infantil de 70 a 10 por 1,000, la más baja de Nicaragua. Dotó también a la Sala de Neonatología de un Salón de Conferencias para analizar los casos más complicados y realizar capacitaciones periódicas.

Todos los que lo conocimos y tratamos sabemos de su carácter extrovertido, su gran sentido del humor, agradable y amena charla, gestos de nobleza, honestidad, desapego a las cosas materiales, de su vocación médica asumida como un verdadero apostolado y de su versatilidad, pues también fue escritor de artículos y cuentos que recibieron reconocimiento internacional, y además –como él decía- fue “tragólogo”, pues inventó el trago nicaragüense, el macuá.  

El y su esposa María Nelly Miranda, su fiel compañera e invaluable apoyo, experimentaron que en la vida hay más satisfacción en dar que en recibir. Los éxitos profesionales, sus ideales a favor de los pobres, su labor como médico, no hubiesen sido posibles sin ella y su abnegado sacrificio. Sus hijos pueden sentirse muy orgullosos de su padre y de su madre, igual que sus nietos y bisnietos.

Como cristiano católico sé que un día todos vamos a comparecer ante Jesús y lo que nos preguntará es si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, si vestimos al desnudo, si sanamos al enfermo, si visitamos al encarcelado y si fuimos hospitalarios. Sin duda que el papa Francisco tenía esto presente cuando el Director del periódico italiano La República le preguntó: “Santidad, ¿qué se necesita para salvarse?” Respondiendo el Papa: “Amar al prójimo”.

No tengo la menor duda del gran amor al prójimo que tuvo Mundo.

Abogado, periodista y escritor.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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