Norman Miranda C.*
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Durante décadas Colombia renegó negociar con Nicaragua. En 1995, por ejemplo, Nicaragua le ofreció negociar y despreció la oferta, dijo entonces que el Tratado Bárcenas-Esguerra había arreglado todo y dio a entender algo así como que Nicaragua limosneaba la negociación. Es, pues, sardónico que ahora, tras los fallos de la Corte Internacional de Justicia del 2012 y del retro 17 de marzo, Colombia “descubre” que negociar con Nicaragua es pertinente para superar la supuesta “inaplicabilidad” del fallo del 2012. Colombia, para no decir que desacata dice que es “inaplicable” el fallo del 2012, quiere que la negociación desbarate dicho fallo, del que abjura. En Nicaragua no deberíamos engancharnos en el imploro de Colombia por negociar un Tratado para así cumplir con su derecho interno, este nos debe ser indiferente, amén de que el vocablo “Tratado” tiene demasiada monta, en vez de tal, lo que a lo sumo cabe es tranzar un simple acuerdo de modalidades de ejecución del fallo del 2012, acuerdo que debería estar restringido a solo estos 3 ámbitos: 1) La vigilancia coordinada sobre la narcoactividad en la zona caribeña en la que traslapamos ambos países; 2) El manejo conjunto de la reserva Sea Flower, la que tiene alrededor de 300,000 kilómetros cuadrados, parte de ella ahora en Nicaragua y otra en Colombia, y 3) El otorgamiento por parte de Nicaragua de venias temporales --eventualmente renovables-- a los raizales de San Andrés y Providencia, para que pesquen un tantito más allá de sus 12 millas al Oeste y particularmente al Norte, en Quitasueño, donde les interesa la riqueza de crustáceos. Pero aún en este tercer ámbito no es realmente necesario un acuerdo porque, si lo que Colombia quiere es asegurarse el tránsito inocente especialmente entre Providencia y Quitasueño, eso --el paso inofensivo o inocente-- ya está asegurado en la Convención sobre el Derecho del Mar e inclusive se asume como regla consuetudinaria vinculante. De todas formas, a Nicaragua no le toca hacer penitencia por los raizales sanandresanos porque Nicaragua no es responsable --tampoco lo es la sentencia de la Corte-- del menor desarrollo relativo de los colombianos isleños respecto de los colombianos continentales. Solo en esos restringidos términos cabría una negociación colombo-nicaragüense y aún así tendríamos que emprenderla con excesiva cautela porque para Colombia el leitmotiv de una negociación con Nicaragua es el de trastrabillar la sentencia CIJ del 19 de noviembre del 2012. No porque Colombia quiere negociar hay que ceder a su gusto, para bailar tango se necesitan dos, que baile solitariamente su cumbia. Mientras tanto, contrapóngase la sujeción de Nicaragua al derecho internacional versus la camorra diplomática de Colombia de pelearse con la Corte porque esta emite resoluciones que le decepcionan, como si la Corte debería satisfacer los intereses colombianos. El humor iracundo de las autoridades colombianas (no solo del presidente Santos), sus ofensas masacrantes contra la Corte, rebasan el derecho internacional y rayan en la siquiatría. Colombia se ha convertido en el arquetipo del renegado de la justicia internacional. Pero sus malacrianzas son golpes sobre lata hueca porque la Corte, al seguir siendo competente, conocerá y juzgará, pese a que Colombia por su tozuda estrategia negacionista decidió no seguir compareciendo ante la Corte en los dos juicios que le opone Nicaragua: uno por incumplimiento de la sentencia del 2012 y otro por la plataforma continental extendida allende de las 200 millas. Colombia será juzgada en ausencia, como lo fue Estados Unidos entre noviembre de 1984 y junio de 1986, y perdió contra Nicaragua. El párrafo 27 de la sentencia CIJ del 26 de junio de 1986 (caso Nicaragua versus EE.UU.) implanta que la no comparecencia del renegado no afecta el fondo del asunto. La no comparecencia del maledicente está prevista en el artículo 53 del Estatuto de la Corte. Colombia quiso blindarse contra la competencia de la Corte, quiso huir de ella, pero fracasó en ese intento. Cáele anillo al dedo el dicho popular que reza: “¡A quien no le gusta la sopa se le dan dos caldos!”

* Especialista en Derecho Internacional por la Universidad de Niza, Francia.

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