Mónica Zalaquett
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Me llamo Angel y tengo 18 años. Crecí con mi padre y mi madre, pero siempre estaban en conflicto porque a mi padre le gustaba tomar a diario y cuando llegaba ebrio y mi mamá lo regañaba, él la golpeaba con los puños, le tiraba la comida en la cara y una vez le tiró el control del televisor. 

Yo tenía dos hermanos y cuando ellos se peleaban yo seguía a mi hermano mayor a la calle y mi hermana se quedaba haciendo los oficios. De niño me sentía solo, sentía que me faltaba algo que nunca nadie me había dado, lo que me dieron después en el Ceprev: cariño, confianza, me enseñaron lo bueno y lo malo.

Mi hermano pertenecía a una pandilla del barrio y se iban a robar, fumaban bañado (marihuana con piedra) olían pega, y como yo era más chiquito solo miraba y fui aprendiendo. Cuando cumplí los trece años me integré a la pandilla y hacíamos lo mismo, nos metíamos en pleito con los grupos de los barrios vecinos y peleábamos con armas hechizas, revólveres 38, con pistolas Makarov y machetes.  En mi barrio tuvimos tres muertos y casi todos mis amigos salieron heridos.

A mi hermano lo hirieron con un tiro de escopeta y le dañaron la pierna. Yo me sentí mal cuando me llegaron a decir que estaba tirado y creí que lo había perdido. Mi papá llegó borracho ese día y dijo “ahí déjenlo”, y  cuando mi mamá llegó del trabajo se tuvo que ir sola a verlo. Mi hermano pasó tres meses en el hospital y cuando salió se encontró una pareja y se fue a vivir con ella en otro barrio, pero cuatro años después cayó preso en la Modelo por golpearla. Cuando yo lo visitaba en su casa, pensaba que él estaba haciendo lo mismo que mi padre le hacía a mi madre y cuando lo echaron preso pensé que la culpa la tenía mi papá.

Yo tenía 16 años cuando conocí a las sicólogas del Ceprev en el barrio. Me invitaron a participar en uno de los talleres y  todo lo que explicaban sobre los conflictos familiares era lo mismo que habíamos vivido en nuestra familia. Me di cuenta que no solo yo había pasado esos problemas sino que también lo pasan millones de niños y de jóvenes en el mundo por ese machismo que nos hace tanto daño a los hombres.

También me di cuenta de que ese machismo de mi padre se me estaba pasando a mí, porque tenía una novia y la insultaba y le decía cosas feas que una mujer no se merecía, hasta que ella me dejó. Cuando viví el taller del Ceprev aprendí a valorar a las mujeres y a tratarlas como a uno mismo, porque ahora sé que tenemos los mismos derechos.

El primer día del taller llegué a mi casa y mi papá estaba sentado viendo la televisión. Entonces me acerqué y le hablé de lo que había aprendido, lo abracé y le dije que lo quería mucho.  El no dijo nada, se puso a llorar  y me dijo que  iba a cambiar por mí,  si yo me salía de las pandillas y de los malos caminos.  Mi padre cumplió su palabra porque ya no siguió tomando, nunca más volvió a golpear a mi madre y me ayudó a matricularme en el colegio. Yo también cumplí mi palabra porque me alejé de las pandillas. A él le da pena demostrar el cariño que nos tiene, pero a pesar de eso ahora nos llevamos bien y nos queremos mucho.

Yo antes era un joven odioso, rencoroso, no tenía piedad por nada ni por nadie, me valía todo. Con la experiencia en el Ceprev he cambiado mucho, ahora soy tranquilo, amable, responsable, ya no me meto en pleitos de pandillas, ya no fumo piedra ni huelo pega. Ahora estoy estudiando en cuarto año de secundaria y voy bien en mis estudios. También me dieron una beca de barbería y saqué mi diploma, pero todavía no consigo un préstamo para comprar mis útiles de trabajo.

Mis planes ahora son terminar mi quinto año y seguir la carrera de arquitectura. Como no tengo dinero para pagar esa carrera estoy buscando cómo poner la barbería y con eso pagar mis estudios. También aconsejo a los jóvenes de mi barrio que hagan las paces y no sigan mi camino de la violencia y aunque me dicen que estoy loco, están comenzando a participar en los talleres del Ceprev y por eso creo que pronto en el barrio habrá paz y estaremos más seguros.

*La autora comparte testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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