Orlando López-Selva
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Imaginemos una cumbre de jefes de Estado de los países más poderosos del planeta. Repentinamente, un grupo de terroristas se apodera del lugar.

Comienza la debacle. ¿Cuáles serían las consecuencias?

¿Es probable ese escenario?

Hoy todo es probable. ¿O es impensable que un líder político poderoso sucumba ante la impiedad y brutalidad de los que solo quieren sembrar caos y terror a nivel global? 

Los 32 ciudadanos fallecidos, de varios países, dos semanas atrás, en una estación del metro de Bruselas y el aeropuerto internacional de esa ciudad, nos siguen llamando a actuar.

¿O hasta dónde debemos reflexionar y comenzar a actuar más?

El terrorismo ya no es un fenómeno político esporádico; es una pandemia sin vacuna. El terrorismo es otra forma de guerra sin cuartel contra los Estados constituidos. Es una lucha de unos pocos contra toda la humanidad.

Todos los países del mundo son vulnerables al terrorismo. Y ciertamente, los países más desarrollados son un objetivo prioritario.

He escuchado las declaraciones de un líder musulmán en Estados Unidos (cuyo impecable inglés denotaba una educación seria, académica), que argüía que son los musulmanes en Siria, Turquía e Irak los que han muerto más que los cristianos occidentales. Además, aseguraba: “los terroristas no son religiosos: son, simplemente, terroristas que matan indiscriminadamente”. 

El punto es que los que buscan soluciones, en Occidente, asegurando que se debe expulsar a los musulmanes, no creo que tengan éxito alguno. Ello echaría más combustible al fuego. Toda solución debe sumar, no restar. 

Y sigo sosteniendo que el mal de tales acciones radica en la intolerancia de quienes no pueden aceptar que haya personas que actúen, piensen o crean diferente.

Claro, un contraargumento válido sería el decir que los budistas, los sintoístas, los cristianos o los judíos no reciben enseñanzas o arengas en sus templos para salir a las calles a exterminar a los que no creen en su Dios. 

Pero acá, al igual que sucedió con el cisma del cristianismo del siglo XVI, todo es cuestión de interpretación de los textos sagrados. Y quien la haga no debe imponer su “versión”, sino respetar a los demás.

La cuestión es: ¿Hasta qué punto las acciones terroristas seguirán creciendo? ¿Todavía no hemos llegado al culmen de las peores acciones salvajes? 

La guerra convencional requiere de soldados. El terrorismo de cualquiera que pueda comprar un arma o una bomba e intimide amenazando a otros. 

Verdaderamente las cosas se salieron de las manos desde el 11 de septiembre. Ello desembocó en la guerra contra Al Qaeda. La guerra en Siria conllevó al surgimiento de ISIS. Este último como una opción que rompió con las prácticas tradicionales; asumió planes de Estado (o Califato): constituyó un ejército regular de voluntarios o reclutas musulmanes; creó instituciones; recolectó impuestos; y convocó a miles de prosélitos a tomar las armas contra los infieles, Occidente y los judíos. 

La cuestión es que no creo que haya todavía alguna sociedad civil que esté preparada para enfrentar a los terroristas. Tampoco los cuerpos policiales. Solo los soldados lo están. Los grupos terroristas nunca cargan armas de menor calibre. Siempre lo hacen bien armados y dispuestos a matar al mayor número de personas.

Y ya sabemos que ningún lugar es seguro: templo, parque, supermercado, centro comercial, escuela, aeropuerto u oficina gubernamental. Cualquier lugar puede ser objetivo terrorista.

Los límites del mal todavía podrían alcanzar niveles horrendos de crueldad y salvajismo.

Para unos, ello es muestra de que la civilización y la barbarie ―como dos puntos extremos― se complementan. Porque la una no puede existir sin la otra. Ya que se necesita de una para que la otra tenga fuerza e impacte.

Nueva York, París, Londres, Madrid, Washington, Bruselas, Ankara, Lahore, El Cairo,… son solo muestras palpables de cómo una nueva forma de guerra, o de enfermedad política del siglo XXI, está siendo ejecutada por más grupos radicales que tratan de desestabilizar al mundo y causar daños, sin importar las consecuencias.

La guerra no es un recurso divino; es una práctica humana atávica.

Y siempre se evidencia (¡aunque nunca se diga!) que si las autoridades gubernamentales están enfrentando tales males con mucha precariedad, sorpresa y torpeza, ¿qué pueden esperar los ciudadanos comunes que son los más vulnerables a tales amenazas?

Ante estos males modernos que hoy han tomado giros pavorosos, debemos  creer mucho más que lo impensable es muy probable.     

No debemos estar confiados y asumir que esto se va a terminar pronto. Lo peor todavía podría estar por venir.

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