Félix Navarrete
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Con mucha frecuencia algunas personas que me encuentro por casualidad en lugares públicos me preguntan con una dosis combinada  de curiosidad e ironía en qué vagón de la historia realizo el viaje hacia mi destino, y de dónde vengo y hacia dónde voy.  La respuesta es clara, pero el camino suele llenarse de brumas. 

A veces creo que la pregunta es necia pero necesaria, tomando en cuenta que nadie está obligado a conocer los orígenes de mi  identidad política. Sin embargo, haré algunas confesiones para   demostrar  a mis amigos, enemigos y lectores que viajo en el vagón que me corresponde, y no pienso bajarme de él a pesar de lo accidentado que se torne el camino.

Para comenzar diré que mis genes estaban infectados de sueños.  Desde que mi padre  me engendró,  el espermatozoide que fecundó el óvulo de mi madre, llevaba implantado un sandinismo en ciernes, una rebeldía política a toda prueba, una bohemia militante que salpicó mi mundo de poesía  y unas ganas de escribir la historia con sangre  y prosa . Mi padre depositó en mi madre los genes que iban a determinar mi adolescencia y que aún a esta edad siguen contendiendo contra paradigmas que he estrenado en la adultez.

Mi padre no dejó nada material y no creo que estaba consciente de que me heredaría un legado político y literario invaluable. Al igual que muchos cristianos primitivos, él fue uno de los primeros nicaragüenses  que lleno de profundas convicciones ayudaron a fundar el Frente Sandinista de Liberación Nacional, cuando el sandinismo era visto como una secta, y cuando proclamarse sandinista era firmar una sentencia de muerte y figurar en la lista negra del somocismo.  No en balde sufrió torturas y encarcelamiento varias veces. Ahí, en esas reuniones clandestinas, mi padre conoció al Comandante Daniel Ortega, a la poeta Rosario Murillo, al Comandante Bayardo Arce, a Carlos Fonseca  Amador y  a muchos otros con los que diseñó el sueño de la Revolución Sandinista. Recuerdo que en  un acto de valentía y amor, se casó clandestinamente con la Comandante Guerrillera  Angela Morales Avilés en una iglesia de Diriamba,  aun sabiendo que la guardia somocista lo andaba buscando por cielo, mar y tierra. Sólo un poeta y un revo
lucionario pudo haber realizado este acto temerario.

Fue esta impresionante hoja  de lucha antisomocista  la  que marcó su destino y el de la familia.  Nos dejó una huella indeleble y un apellido digno que cuidar y defender.  Recuerdo que en los albores del triunfo sandinista, cuando apenas cifraba 15 años, mi padre, ya enfermo de cirrosis y de cicatrices en el alma que nunca se curaron, era saludado con mucho respeto por sus compañeros de lucha que nunca dejaron de admirarlo a tal grado que unos en broma decían que por las calles de Managua circulaba uno de los pocos comandantes sin estrella que había sobrevivido de la guerra, pero  estaba muriendo de bohemia y quizás de amor.

Tal vez todo esto que he dicho responde las interrogantes de amigos y lectores.  Tal vez no. Pero lo cierto es que el camino lo marcó mi padre; él me dejó el boleto de ida y vuelta. Me enseñó a soñar en medio de la bruma. Me dijo que lo más importante en la vida era construir una sociedad justa donde los pobres tuvieran que comer. 

A estas alturas sería muy presuntuoso de mi parte afirmar que mi  padre fue un héroe, o un luchador social, o un intelectual defensor de los pobres. Creo que fue muchas cosas, con sus virtudes y sus defectos, pero fue un hombre digno y decente que dejó un legado.

Por eso cuando mis amigos y lectores me preguntan: ¿Quién soy? y  ¿De dónde vengo  y hacia dónde voy? Les respondo con humildad  y firmeza que me siento poeta y sandinista, pero al compararme con mi padre y medir su enorme estatura revolucionaria, hasta  me da vergüenza decirlo.

Managua, 4 de abril de 2016
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

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