Ricardo Quiroga*
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El día a día de una pequeña y mediana  empresa (pyme) puede ser agobiante por la necesidad de mantener un nivel de producción que genere el ingreso del mes,  pagar salarios a los empleados, satisfacer clientes urgidos, proveerse de insumos, y obtener permisos y licencias. En ese contexto, hacer algo por el medio ambiente no es necesariamente la primera prioridad que se les viene a la cabeza a los gerentes de estas empresas,  aunque sin duda muchos lo desean. A primera vista, suponen que los servicios ambientales no son un beneficio sino es un costo adicional que no pueden afrontar, además de que se imaginan que el beneficio es para la sociedad y no necesariamente para ellos.

Este tipo de percepción y actitud fue el que encontró casi de forma generalizada el Programa Federal de Producción Más Limpia en Argentina cuando inició sus actividades con financiamiento del BID. La premisa del Programa, liderado por el Ministerio de Medio Ambiente,  era que a partir de pequeños cambios de gestión empresarial  y de innovaciones tecnológicas de bajo costo, las empresas podrían contribuir a reducir la degradación del medio ambiente y de los servicios ecosistémicos que presta, al reducir substancialmente el uso de materias primas e insumos y la generación de desechos y contaminantes  sin afectar sus  niveles de producción. Las empresas redujeron sus costos y obtuvieron mejores precios y posibilidades de acceso a nuevos mercados, reconociendo el valor de los ecosistemas y los servicios que ofrecen, al tiempo que mejoraron la salud y el entorno ambiental.

Para demostrar esto, el Programa requirió el esfuerzo de equipos nacionales y provinciales a partir de extensas campañas de sensibilización y asistencia técnica, en la que se logró que más de 700 empresas desarrollaran sus planes generales de producción más limpia.  De estas empresas, alrededor de 400 fueron un paso más allá y desarrollaron planes específicos de inversión, apoyados por un cofinanciamiento puntual del programa para impulsar cambios tecnológicos que les han permitido transformarse en empresas  no solamente más sostenibles ambientalmente, sino financieramente más solventes, convencidas de que  producir en forma más limpia es realmente un buen negocio. Los que mejor pueden contar esta transformación son los propios empresarios,  como se evidencia en los  siguientes casos y sus respectivos vídeos.

La familia Cornejo, dueña de una empresa artesanal de dulces en la provincia de Salta nos cuenta cómo adoptó medidas  de aislamiento de techos y uso de calefones solares que les han permitido reducir en un 50% su uso de energía, incluyendo el uso de gas. Medidas que según ellos no hubieran podido tomar o habrían tenido que esperar muchos años para que ocurriera sin el apoyo del Programa.

El señor Héctor Zarif maneja la empresa familiar en Villa María, en una zona de la provincia de Jujuy de aguas cristalinas y ecológicamente sensible, en la que ha establecido  un criadero de  truchas y productos ahumados de Tilapia. En este emprendimiento, el manejo de la temperatura del agua en las piscinas de cría es fundamental. Para ello la empresa usaba calderas de leña y sistemas eléctricos poco eficientes.  Con las medidas de producción más limpia adoptadas, el señor  Zarif nos cuenta que ha logrado eliminar el uso de leña y bajar su uso de energía,  contribuyendo a mantener el medio ambiente, la biodiversidad, y la belleza del lugar.

Al pie de la cordillera de los Andes, en la provincia de Mendoza, los hermanos Sottano operan una bodega de vino que ha ido en crecimiento desde los primeros viñedos plantados hace 12 años. Gracias al apoyo del Programa, su bodega ha implementado tecnologías de uso y reciclaje de agua que han reducido en más de un 80% los productos químicos de limpieza, eliminando descargas de efluentes contaminantes y degradación del ambiente de los cursos de agua, con grandes ahorros en el consumo de agua y energía.

Igualmente, en la Quebrada de las Conchas en la provincia de Salta, la pequeña bodega de la familia Ramírez, en una zona recóndita de montaña y valles andinos, han podido aprovechar los abundantes días de sol y la naturaleza del lugar para instalar paneles solares, calefones y grupos electrógenos que ahora ofrecen energía permanente todo el día, reduciendo el uso de gasoil y gas licuado del que dependían totalmente antes. De esta forma, no solo se ha mejorado la condición productiva de la bodega, sino también la calidad de vida de la familia.

Esto cuatro casos nos demuestran que a través de la producción más limpia es posible mejorar vidas, mejorando condiciones económicas y  cuidando al medio ambiente. Pero nos gustaría conocer otros casos, si conoces alguna experiencia de producción más limpia en la región, compártela con nosotros.

*El autor ha dirigido el diseño y ejecución de programas de inversión en las áreas de medio ambiente, gestión de los recursos naturales y el desarrollo rural en el BID.

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