Erick Aguirre
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Si me preguntaran qué es lo primero que debe hacer o tomar en cuenta un periodista cuando da cobertura a un discurso político, diría que su prioridad en estos casos no debe ser solo registrar de manera veraz, objetiva, detallada o correcta el resumen del discurso, sino también, al mismo tiempo, ofrecer a la audiencia los distintos contextos en los cuales se produce ese discurso.

Las declaraciones de un político, aunque verídicas en sí mismas, a la larga pueden implicar distorsiones; formas a veces engañosas o falsas en la interpretación de  los hechos. No es suficiente con reportar fielmente lo dicho en el discurso. Además de sujetarse a la veracidad básica o literal de lo que se dice, el periodista debe proporcionar a la audiencia otras formas de acercarse a la verdad que está detrás del discurso.

Para clasificar y ordenar esta información el periodista debe registrar y asimilar fielmente lo expresado o informado por el político, de manera que no se tergiverse deliberadamente la literalidad  de lo que ha dicho. Después debe cotejar el discurso con los diversos contextos con los que se relaciona y con otras interpretaciones o fuentes autorizadas y válidas acerca de los mismos temas tratados en el discurso.

Luego deberá procurar un entendimiento racional y analítico de la realidad interpretada en el discurso, haciendo a un lado prejuicios o preferencias, y proceder a una exposición clara y concisa de lo dicho por el personaje.

Existen diversas herramientas de análisis con las que cuenta el periodista para no caer en el proselitismo o para al menos tratar de ser imparcial y transmitir al lector toda esa información sin inducirlo a nada específico, es decir, para dejar que el lector escoja y obtenga su propio criterio de lo expresado por el personaje público.

Una de esas herramientas es el dominio versátil de los distintos géneros periodísticos y sus formas de combinación, partiendo de la convicción de que lo opinativo y lo informativo generalmente están relacionados, pero que la obligación del periodista es sujetarse a la verdad, aunque estemos claros de que la objetividad absoluta es casi siempre un objetivo inalcanzable.

Otra herramienta es contar con el conocimiento suficiente de los distintos y variados grupos representativos que constituyen la sociedad en la que tanto el discursante como el periodista se desenvuelven. Igualmente de los contextos (sociales, económicos, políticos, etc.) en que esos grupos representativos también se desenvuelven. 

Otra herramienta esencial es contar con el suficiente dominio del lenguaje como para presentar con claridad ante la audiencia las distintas formas en que se desarrolla la noticia en este caso específico.

Por lo general, los discursos políticos tienen una base estilística común, pues siempre que habla un político sus palabras están imbuidas de cierta solemnidad. Aunque su estilo varía en relación a los contextos o a lo que llaman coyuntura; es decir: las circunstancias.

Cuando se trata de discursos y no de meras declaraciones, estos por lo general se arropan en la solemnidad; pero eso no los hace estar exentos de distorsiones o formas de encubrimiento de la verdad. 

Si me pidieran mencionar un discurso político memorable por su calidad, tanto estilística como informativa, referiría sin dudar el último discurso radial del presidente chileno Salvador Allende mientras era objeto de un golpe de estado sangriento en septiembre de 1973.

Fue un discurso dicho prácticamente bajo las bombas. Allende irrumpe refiriéndose a la responsabilidad de su mandato presidencial ante un país que lo ha electo para gobernar no solo a sus partidarios, sino a toda la nación. Luego hace un recuento de los antecedentes que desembocaron en el golpe y afirma su fidelidad al juramento presidencial. 

Fue su última comunicación con el pueblo que lo eligió; una lección moral para quienes traicionaron tanto a su gobierno como a la Constitución Política de su país. Me limito a reproducir aquí lo que creo es la esencia de ese discurso:

“Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado el juramento que hicieron… ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”.

* Escritor y periodista.

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