Lesli Nicaragua
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Soy periodista, antes que nada. Así que la lección que nos dio José Luis Martínez, el gran deontólogo del periodismo español, de sobre cómo se consigue la noticia sin que el comunicador sea parte de ella, me quedó tan clara, que todavía discuto, como un gran fariseo de la profesión –vale-, con la más grande autoridad del periodismo nacional –no importa el nombre- que nadie ha publicado aún, ni siquiera haya preguntado, cómo se obtuvieron los datos del mayor escándalo financiero que se haya destapado a nivel global.

La respuesta es sencilla: de manera delincuencial. ¿Periodistas delincuentes? Sí. Hasta el espectáculo se opaca. Pero es así. 150 periodistas -me da pena, como me dijo una vez un abogado de su profesión- se pusieron de acuerdo para robar –sin comillas- información privada. No importa siquiera en esta ocasión el axioma de un mal menor sobre un mal mayor. No. El acto sigue siendo el mismo.

Verbi gracia: Ángel de Benito nos dijo, en su Teoría de la información, hace treinta años –al menos a los que respetamos la profesión-: “Y jamás robar, ni pagar por ella (la información)”. Y entonces asistimos hoy a la mayor bofetada con el sentido moderno de la involución del periodismo. A pesar de lo que se piensa sobre nuestro rol, que está muy claro. El manual de ética –cual fuere- lo dice.

Por eso he revisado tres libros para este texto, Los watergates latinos, El periodista y el asesino y ¿Periodismo? Vale la pena vivir para este oficio, de Juan Cruz, en el cual, el insigne comunicador nos devela que esta profesión –sin retruécanos ni metáforas- no debe ser profanada ni por el soplo de este llamado periodismo de investigación.

Que se vale –y aquí me duele como colega- de todas las artimañas de lo ilícito para hacerse con la noticia. Esto es lo que llamaba en anteriores escritos, el cataclismo de la posmodernidad, porque provocaría a periodistas viejos y nuevos el afán de sobresalir. Un réquiem del oficio, dice Cruz. Pero lo vemos saltando una vez más, a la palestra. Olvidándose de países, de ciudadanos, del oficio mismo. Verbi gracia…

El jueves, como una premonición ejecutada por el don del periodismo, me encontré con dos editores de periódicos –sin nombre ni sección-, con los que discutí sobre el asunto. Con los dos ya había trabajado hace mucho tiempo. Y los dos –vaya suerte- al fin se pusieron de acuerdo: “Eso de Panamá se hizo solo con el ánimo de sobresalir. Así no somos los periodistas de verdad”, me dijeron. El bravo sol de Managua en la Carretera Norte brillaba y dolía en la piel de los tres, y les creí.

Los dos me recordaron a Tom Wolfe y su librazo: Periodismo canalla, en que se hace pasar como un invitado a una fiesta de un director de un famoso diario de Nueva York y se roba información, y aunque publica la nota y se gana mucha fama, al final se dice a sí mismo: “He sido un periodista canalla. Al final, sí importa cómo conseguí la información. Delincuente como cualquiera”.

leslinicaragua@yahoo.com
Periodista y escritor.

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