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Cuando leo, mi perro se acuesta enfrente y cierra los ojos, cuando levanto la vista, me percibe y mira con ojos fijos y benevolentes; leo un párrafo en voz alta y parece entender más allá del texto... Lo simulé en la novela Manantial, cuando en su soledad, José Zacarías Guerra, el filántropo nicaragüense, conversaba con su mascota, el sensitivo animal lo seguía, escuchaba sus proyectos, el hombre con él compartía sus temores y esperanzas, con atención y comprensión superaba al Homo sapiens que parece pierde (perdemos), por  imperio de la razón, por la absorbente tecnología, la dependencia de dinero, la tiranía del mercado, la proliferación de las mercancías en la que terminamos convirtiéndonos,  la conciencia: vínculo con el entorno, capacidad de intuición, equilibrio natural, sentido de trascendencia…

Hace todavía cinco años, en el patio de casa, cuando el sol de mediodía cae con fuerza, sobre las piedras,   garrobos e iguanas se detenían inmóviles a absorber el calor. Imperturbables, elegantes y libres. Desde hace tiempo no han vuelto, a veces aparece alguno y se va pronto. Los cazadores los apedrean, para comérselos o por el placer de vencerlos, la expansión urbana extingue su espacio. Hace dos semanas, en un lugar próximo, una iguana verde de casi un metro, con las patas atadas sangraba y palpitaba agitada por los golpes de sus captores. Mi hijo decidió comprarla y liberarla en el garrobero que preserva la UNAN-Managua. Veo los ojos del animal, está nervioso, teme a las personas. A los seres humanos y sus obras, la naturaleza nos tiene miedo, los animales tiemblan ante el implacable poder destructivo del que nos hemos revestido.

En mayo de 1902 el monte Peleé, provocó una catastrófica erupción en la isla Martinica, departamento de Francia en ultramar, es considerada una de las más violentas del siglo XX. El novelista francés Pierre Benoit, escribió Fort de France (1933). En el relato menciona el terrible suceso que no fue previsto por el hombre, pero sí percibieron con anticipación las culebras, que según cuentan, salieron de sus agujeros varios días antes. Rodeados por las aguas del Caribe, los sensibles reptiles no pudieron huir, estaban obligados a arrastrarse en la superficie de las calles y en los tejados de las casas, inundaron Saint Pierre, la próspera ciudad de veinte mil habitantes, esperando la trágica erupción que lanzó a diez mil metros de altura, una columna de lava y arena.

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, en Voces de Chernóbil (2006), menciona la capacidad natural de los animales a sentir la radiación, mientras los seres humanos no la percibían (aunque los destruía) y requerían instrumentos de medición. Según  testimonios de los sobrevivientes a la duradera carga radioactiva aniquiladora (zona afectada requiere 20,000 años para descontaminarse), uno de los mayores desastres nucleares provocado por descuido y temeridad humana al explotar un reactor  de Chernóbil (Ucrania; ex URSS), el 26 de abril de 1986, hace treinta años. Días antes, las hormigas desaparecieron de la superficie, ubicaron sus colonias cincuenta centímetros abajo. Las abejas dejaron de volar, los animales se internaron en el bosque…

Después que se desató la combustión inagotable del material radiactivo, ese universo de energía dentro del universo que fue desencadenado por irracionalidad científica, muchas  aves que volaban por la región afectada, se lanzaron contra las paredes, ¿perdieron el sentido de orientación o cometieron suicidio ante la tragedia que alteraba la vida?

Nosotros, que apenas escuchamos una minúscula franja del campo sonoro y vemos una insignificante gama del espectro de luz; que nos aturde la vida agitada y los conflictos, debemos recuperar el silencio, la serenidad, la capacidad de escuchar y observar. Derribamos el bosque, contaminamos las aguas, exterminamos a los animales, manipulamos la energía… rompemos el equilibrio interno, entre nosotros y con la naturaleza, en consecuencia, perdemos sensibilidad y extinguimos la conciencia. Hemos pretendido someter “todo lo creado”, ser “señores del universo”. Lo destruido e ignorado se vuelve, en consecuencia, contra nosotros. Necesitamos ser, como enuncia la encíclica Laudato sí: “administradores responsables”, y “rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas”.

Reconciliémonos con la naturaleza, recuperemos la sensibilidad de los animales, aprendamos de ellos, permitamos que la conciencia humana despierte, démonos la oportunidad de vivir.

www.franciscobautista.com

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