Jorge Isaac Bautista Lara
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Nuestros viejos repetían la frase “Tiempo perdido, los santos lo lloran”. Algo lleno de filosofía de vida. Y es que el tiempo que pasa, es dramáticamente tiempo pasado, ni un segundo será posible retroceder, menos aún cambiarlo o hacerle correcciones. Existen casos que muestran lecciones tristes, totalmente posibles de evitar en el presente, y que dibujan a cuerpo entero consecuencias negativas obtenidas cuando se siguen caminos desaconsejados, que nuestros padres nos persuaden para evitarlos.

Sus objetivos sanos es la búsqueda de cambios positivos en nosotros mismos, a través del estudio, abonado del camino de verdaderos sacrificios, para permitirnos lograrlo. Hace unos años contaba un profesor de Medicina en una de sus clases en nuestras universidades públicas; su historia de cómo había logrado estudiar en el extranjero con el sacrificio de sus padres, para culminar sus estudios de Medicina.

En ese viaje se logró conformar un grupo de unos 6 a 8 estudiantes con el mismo objetivo.

Sus padres poseían, en ese momento, algunas posibilidades económicas como para realizar ese esfuerzo. Pasado los años y terminada la carrera. Los progenitores alistaron maletas para ir a las graduaciones. Uno de ellos, al llegar, se encontró con la catastrófica sorpresa que su hijo se había retirado de la carrera, cursando solamente los dos primeros años. De manera que el resto de dinero que le habían enviado cada mes en los años subsiguientes, llegó a saco roto, dedicándose a cualquier otra cosa menos al estudio.

Pasados los años, hace poco, al bajarse de su vehículo en el parqueo en uno de los modernos centros comerciales, fue sorprendido cuando alguien le llamó por su nombre y título de Dr. Al tratar de identificar, le costó reconocer a la persona hasta que este se identificó que era aquel compañero de viaje de estudio al extranjero; ahora  desempeñando el oficio de cuidar vehículos (CPF). Sus padres ya no estaban; el dinero se terminó.

En otro caso, hace un par de años, se presentó al personal de la oficina de la Dirección Superior de un ministerio, la nueva Secretaria General. Esta dio los saludos, las palabras iniciales y definió de inmediato las pautas en el cargo de acuerdo a su especialidad, requerimiento del ministerio por su naturaleza y mecanismo de trabajo. Concluidas las formalidades, regresaron a sus escritorios y oficinas. Menos una persona, que fue llamada por la nueva Secretaria General a despacho para una pequeña reunión. Cerrada la puerta, las cosas marcharon de otra manera; la Secretaria General, estaba frente a la trabajadora de la limpieza de las oficinas. Roto el protocolo, que distancia por cargos, se dio el saludo y abrazo de la que había sido su compañera y amiga de estudio de primaria. Nadie supo cómo y desde cuándo se conocían, prefirieron de común acuerdo mantenerlo así.

En otra institución, no hace mucho, al llegar el nuevo jefe, presentó a su equipo de asesores con los que pretendía asumir las diversas tareas; no todos se conocían por dominar cada uno diferentes áreas de conocimiento. Terminada la reunión, dos personas al reconocerse se quedaron aparte para saludarse y platicar de manera amena. El último encuentro se había calendarizado en la época de colegio, en secundaria. Ambos estudiaron en colegio privado de varones en Managua, en la época que estos existían. Habían ingresado con extrema dificultad económica de sus padres, que con esfuerzo les habían logrado mantener sus estudios. El problema se dio cuando llegó el momento en que cada uno preguntó al otro por su cargo. El primero respondió que llegaba en calidad de asesor; el segundo bajando la cabeza respondió que había sido contratado como chofer de uno de los asesores. Luego del colegió no había querido seguir estudiando

Ninguno de los casos aquí descritos es inventado, pero sí se ausentan datos que puedan llevar a las personas reales y quienes aún viven esta historia, su propia historia. En cada caso hubo padres y madres que hicieron lo que estuvo en sus manos para lograrles otro destino, a través de la preparación, para lograr un mejor futuro. Pero la misma muestra que las decisiones de aprovechar, sacrificar y estudiar, no fue igual. En cada caso la ruleta de la vida los volvió a reencontrar con la comparación de los resultados de dos actitudes distintas ante la vida. 

Se suele decir que “Nadie escarmienta en cabeza ajena”. Qué bueno sería poder afirmar lo contrario. Y que las vidas de otros nos sirviera como lecciones ilustrativas de escarmientos para no imitarles, para retomar en nuestras manos las oportunidades que nos dan, en su momento, con tanto amor nuestros padres.

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