Manuel Aragón Buitrago
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“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la Tierra, y que todo designio del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la Tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la Tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho”. Gen. 6:5-7. “Y dijo Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la Tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la Tierra”. Gen. 6:12-13.

Escuchemos el juicio de Mark Twain: “¿Por qué fue creado el hombre? O por lo menos, ¿por qué no se creó en su lugar algo honroso? Dios tuvo su oportunidad. Pudo haberse llenado de prestigio. Pero no, tenía que entregarse a esta grotesca locura que tuvo que darle remordimientos cuando observó sus efectos. El hombre es un conjunto de perversidad, cobardía, debilidad y absurdos, un organismo enfermo, un parásito de la naturaleza, un animal atolondrado, pero asesino, más bajo que el cerdo, es un museo de enfermedades, una casa de impurezas. No fue hecho de barro, sino de cieno”.

Jehová no cumplió su promesa. Dejó que el hombre se encargara de destruir la Tierra. El hombre es el ser más antinatural que existe, su ambición insaciable de dinero lo está conduciendo a la destrucción de tan bello regalo, las noticias procedentes de todo el mundo así lo confirman. En la India, un elefante enloquecido por el hambre y la sed incursionó en una ciudad, causando destrozos en actitud de reclamo por el mal recibido al serle invadido su hábitat. En la Antártida están muriendo millares de pingüinos; los polos se están derritiendo; el ozono que nos protege de los rayos ultravioleta está desapareciendo. Tornados, tsunamis, inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas, sequías, son los estertores del planeta agonizante. Vientos sureños notician que los monos congos y otras especies están muriendo de hambre y de sed en Rivas. Del río Gil González solo queda el cauce, los pozos se están secando, el río Ochomogo agoniza. La obra de los despales se hace sentir.

En su obra “Viajando con Charley”, John Steinbeck relata: “Hace unos años, un extraño se mudó a mi región cerca de Monterrey. Debía tener los sentidos mellados por el dinero y el afán de conseguirlo. Compró un bosquecillo en un valle profundo cerca de la costa, y luego lo taló y vendió la madera, dejando como saldo solo los restos de su carnicería. La gente quedó escandalizada y anonadada. No solo era un asesinato sino un sacrilegio. Mirábamos a ese hombre con odio, con el cual quedó marcado hasta el día de su muerte”.

Escuchemos a Henry Miller en su obra “Trópico de Cáncer”: “El mundo que me rodea está desintegrándose. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo. Estoy pensando en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier, la música triunfará por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, reinará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en que se escribe la realidad. El mundo, nuestro mundo, lleva cien años o más muriendo. El mundo está pudriéndose, muriéndose poco a poco, pero necesita el golpe de gracia, necesita saltar en pedazos, ninguno de nosotros está intacto. Vamos a consignarlo: este mundo ha muerto, pero aún no ha recibido sepultura. Estamos nadando en la superficie del tiempo, todo lo demás ha naufragado, está naufragando, va a naufragar. El universo se ha mermado: ya no hay estrellas, ni árboles, ni ríos. La gente que vive aquí está muerta”.

El grito de Miller es una mezcla de lamento angustioso, de acusación, de denuncia y advertencia de un hombre que está despierto y que no es indiferente a la universal tragedia que se cierne sobre las generaciones futuras, la cual afectará  a los pobres, pero igualmente a los que la causaron, a los cuales también les llegará su turno.

Rubén Darío profético: “Si es cierto que el busto sobrevive a la ciudad, no es menos cierto que lo infinito del tiempo y del espacio, el busto como la ciudad, y, ¡ay!, el planeta mismo, habrán de desaparecer ante la mirada de la única Eternidad”. ¿Qué dicen de esto nuestros intelectuales? 

Tel. 2268-9093

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