Lesli Nicaragua
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Los últimos acontecimientos en Brasil me hacen recordar aquella famosa fotografía de Dilma Ruousseff sentada en un banquillo ante la inquisición militar de su país en 1970, acusada de sedición. Aparece en primer plano, con la estrechez física de la juventud, con el desgarbo de los “no alineados” al establishment, pero con una altiva y ofídica mirada que ni el blanco y negro de la foto confunde con la ira y el orgullo de la insurgencia, a pesar de las torturas que había sufrido días antes del juicio.

La Dilma de hoy, con el mismísimo corte de cabello y esa inconfundible nariz breve y respingada, es un poco más fibrosa, menos altiva, pero en consecuencia, más efusiva. Veinte años de lucha y otros diez de activa política le han desarrollado una madurez casi protocolaria que hace que no pierda el sentido de la sencillez. Pero ahora no son los militares, que en la foto esconden su rostro de blasfemia, los que la acusan, sino una serie de políticos adversos y aliados que buscan destituirla de su presidencia ganada con los votos, o como gusta decir a los ideólogos de la detracción: “democráticamente”. Término que no se ha usado con Dilma en todos los discursos que he leído de sus enemigos jurados.

¿De qué se le acusa? No de corrupción, que eso quede más que claro. Se le señala de una mala gestión de los fondos. Es decir, de haber maquillado datos de ejecución de presupuestos, pues hay indicios de que Rousseff autorizó gastos no presupuestados sin consultar al Congreso, entre 2014 y 2015, con el fin de “maquillar y equilibrar” el flujo económico de su mandato. Esto es: responsabilidad fiscal. Una práctica usual en todos los gobiernos, tanto centrales como municipales. Lo que no quiere decir que sea correcto. Aunque, en el caso de la mandataria, lo peor es que esos gastos a los que se alude, se destinaron a salud y educación --sin embargo, la responsabilidad sigue siendo la misma--. 

Y entonces, he aquí la gran pregunta: ¿Por qué ha tenido tanto revuelo y se habla de destitución por una supuesta imputación menor? Existe un aleph sociopolítico y económico que ha despertado fácilmente un primitivo sentimiento de adversidad. Esa conjunción de vectores, recesión económica, caso Petrobras, los gastos excesivos en el mundial de futbol 2014, la pobreza favélica, entre otros, fue aprovechado por los dilectantes del poder político. Por los zorros de las estrategias escotópicas, que han creado una vorágine móvil que ha arrastrado incluso a los aliados de la presidenta, que han reculado ante el “magnicidio” político que se avecina.      

Pero lo que es obvio, es que se sigue un manual, un guión elaborado que calza con otros panoramas políticos que han sucedido y suceden en nuestra América. Asfixia económica, incentivación de elementos subversivos, dañina campaña discursiva, disturbios sociales específicamente diseñados y guiados. No se necesita ser maestro en ciencias políticas para ver esto. Basta leer, observar y comparar. Como decía el Gabo --y sin señalar-- se escuchan pisadas de animal grande detrás de esta estrategia que se cierne ahora sobre la lúcida primera mandataria carioca.

Porque a todas luces y sombras --de día y de noche-- este es un juicio político. Una involución democrática. Una incontinencia de los sectores contrarios al derecho de los pueblos que deciden --y a veces también se equivocan los pueblos-- sus destinos, sea cual fuere este. Una urgencia de poder, de dominio, a como sea. Ha sucedido recientemente: en Venezuela en 2002, en Honduras en 2009, en Paraguay en 2012. Pareciera que estos grupos de poder, le han prestado la pluma al diseñador de estos planes y se disponen --otra vez, ¡qué desgracia!-- a cerrar el viejo círculo del tiempo, ahora en Brasil. 

*Periodista

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