Félix Navarrete
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De todas las tías que tengo, hay dos en especial, que siempre recuerdo con mucho cariño. Una se llama Esperanza y la otra Socorro. Ambas son  Velásquez, un apellido que no marcó, pero que al final los une.  Nombres emblemáticos, que juntos significan algo así como misericordia y compasión, ahora que están de moda estas palabras.  Dos mujeres antagónicas en su forma de ver el mundo. Una religiosa, la otra virtuosa. Ellas fueron en distintos momentos testigos y luz  de aquel niño que crecía en el desierto de la infancia.

Ambas son hermanas por la vía paterna, pero totalmente  diferentes. Tía Esperanza nació con vocación para el sacramento del matrimonio,  se convirtió en una excelente esposa y madre de una familia maravillosa. Eligió bien y fundó un hogar ejemplar. Mujer dócil y de corazón dulce, virtuosa como la llamarían en Cantar de los Cantares. Recuerdo que me gustaba escuchar su voz dulce y aguda, cuando cantaba en el coro de la Iglesia de El Calvario de la ciudad de Chinandega. Siempre fue y sigue siendo una católica enamorada de Dios, lo que le sirvió mucho para sortear las  tempestades de la vida.  Vivió el sueño americano pero le gusta más el amanecer  chinandegano, cargado de repiques de campana y del ruido de los bueyes jalando carretas con leche sobre el asfalto.

La última vez que la visité, en su querida Chinandega,  tuve la oportunidad de saludar a su esposo, mi tío político Rigoberto, con quien me vine de la desaparecida Managua,  un día después del terremoto de1972  en su lujoso Mercedes Benz. 

En cambio, tía Socorro o Coco, como le decíamos sus sobrinos, fue una mujer soltera, enigmática,  que abandonó el mundo del secretariado comercial para retomar la herencia religiosa de su madre. Recuerdo que estuvo a punto de casarse, pero un estudio muy ortodoxo y  suigenéris de la biblia la transformó  en una evangélica radical. Creyó, en un arrebato de fanatismo, que Dios la había llamado para su ministerio y para la castidad.  Y comenzó a perder contacto con la realidad, a tal grado  que comenzó a confundir lo natural con lo sobrenatural.  Es posible que  Dios la  había llamado para su causa, pero no para la castidad ni para las premoniciones. Durante muchos años fue  una apasionada y excelente predicadora. Sus peroratas evangélicas eran tan seductoras, que conquistó algunas  almas para Cristo. Pero al final los fantasmas de la religión le jugaron una mala pasada.

Hace unos meses, supimos que tía Coco quiso quitarse la vida.  Poseída por un espíritu del mal, que ella misma dice tener, ingirió 94 pastillas antidepresivas con el propósito de desaparecer de este mundo, cansada ya de sus tantos fantasmas internos. Dios, sin embargo, fue misericordioso con ella. Vivió a pesar de la bomba letal de medicamentos que se metió en sus entrañas, y abrió los ojos para dar testimonio de que alguien controla la vida y la muerte. Actualmente convalece en  un pabellón del Hospital Siquiátrico de Managua, y aunque aparenta una gran lucidez, el espíritu del mal continúa acosándola, impidiéndole salir del vasto bosque de la demencia. 

Tengo otras tías, pero mis recuerdos sobre ellas son esporádicos, incompletos, y en su mayoría, han sido borrados de mi memoria por el virus del tiempo. Es como si  de repente, abriera un álbum y me encontrara con una cantidad de fotos descoloridas, sucias y rotas en las que no  logro reconocer  a nadie. 

Solo recuerdo, a la luz de los años, a dos tías  de la infancia disputarse el archivo de la memoria. A tía Esperanza ofreciéndome su amor filial para restaurarme de las heridas del terremoto, invitándome a cantar en el coro, y a mi Tía Coco ayudándome a resolver una tarea escolar, mientras se entrababa su larga cabellera negra. Dos ángeles que estuvieron conmigo cuando la infancia se alejaba de mí.

felixnavarrete-23@yahoo.com

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