Yaser Morazán*
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“Ahí va el cochón”, “Oe mujer”, “¡Ay el maricón!, miren cómo habla”. Los primeros recuerdos de mi niñez están ligados a estas expresiones de burla. Las manifestaciones de violencia comenzaron desde el preescolar y continúan hasta el día de hoy. 

Es agresividad selectiva y es un indicador que demuestra que como sociedad no hemos logrado generar un ambiente de respeto y tolerancia hacia la diversidad humana. Tenemos que reconocer que hemos sido incapaces de sostener los valores mínimos indispensables para vivir en una verdadera democracia. 

La adolescencia significó una tortura constante por los linchamientos colectivos a mi autoestima. La imagen que tenía de mí mismo se derivaba de las ideas negativas que absorbía del entorno. La única opción que encontré para sobrevivir fue ensimismarme, no pensar, no hablar, no ser. 

La agresión que las personas LGBT recibimos de los “otros”, es parte de un sistema social vivo y dinámico que puede limitar nuestra capacidad de autogestión y desarrollo, al no tener un tejido social que impulse y sostenga nuestros recursos como seres humanos.

Las personas somos producto de nuestros procesos de socialización, es decir, desde que estamos en el vientre materno hasta el día que morimos, recibimos una serie de mensajes que nos indican lo que está bien y lo que está mal para el grupo social al que pertenecemos, de ahí, que desde niños/as escuchamos que ser homosexual está mal, que es antinatural, un pecado condenado por Dios y una vergüenza familiar. 

Como sociedad somos promotores inconscientes del odio y la violencia como mecanismo del control social que limitan nuestras libertades civiles. Las mismas personas que muchas veces exigimos a nuestros gobernantes vivir en un país donde se respeten los derechos, libertades y diversidad ideológica, son en algunos casos quienes promueven la aversión hacia la homosexualidad a través de sus ideas y acciones. 

La homofobia es un indicador valioso que nos permite conocer las dinámicas socioculturales de un país, sobre todo, aquellas vinculadas a la religión, violencia, cultura de paz y democracia. Ninguna sociedad puede dar lo que no tiene, ningún país puede construir democracia destruyendo a los ciudadanos que se expresan fuera de la norma social. 

Si queremos vivir en un país mejor, es urgente y necesario que revisemos nuestro rechazo e indiferencia hacia aquellos que están en condiciones de mayor vulnerabilidad social frente al poder hegemónico colectivo, ya sean estos grupos partidarios, religiosos o de diversidad sexual. 

Miles de adolescentes y jóvenes están allá afuera sintiéndose culpables por ser quienes son, por representar con miedo, muchas veces en el anonimato, eso que la sociedad nos ha enseñado a odiar. Si la sociedad nos dice que amar a una persona de nuestro mismo sexo está mal, entonces, quien está mal es la sociedad en sí y no nosotros. 

No somos ni más ni menos que cualquier otro ser humano de este planeta, tenemos derecho de formar nuestras vidas según los intereses y necesidades que definen nuestra identidad. Merecemos la oportunidad de sentirnos especiales a nuestra propia manera, de enfrentarnos a la vida con confianza y orgullo. Y desde el poder individual aportar a la construcción de un país más democrático. 

¿Qué cambió en el mundo para que yo fuera feliz? —Cambié yo.

*Trabajador social-psicólogo familiar. 

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