Mónica Zalaquett
  •   Managua, Nicaragua  |
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“Me llamo Esmeralda y tengo 64 años. Mi papá nos abandonó a los cinco hermanos cuando yo tenía 10 años y nunca supe de él ni lo volví a ver. Él mucho golpeaba a mi mamá y ella se desquitaba en nosotros de la violencia que sufría y nos daba con lo que hallaba. Yo fui una chavalita bien maltratada y sentimos alivio cuando mi papá se fue porque todos los hijos vivíamos con miedo. 

Después de la separación, mi mamá lavaba y planchaba para mantenernos y me ponía a trabajar con ella. Luego tuvo una relación con un hombre que me quiso violar, pero yo desperté a tiempo y grité. Él corrió hacia el patio y yo corrí a contarle a mi madre, pero nunca me quiso creer. Por esa situación escapé de mi casa a los 11 años y fui a buscar a un tío en Chinandega. Él me acogió y me quedé con él y su familia hasta los 14. A esa edad me fui con un novio y viví con él hasta los 16 años, porque me maltrataba tal como hacía mi padre con mi madre. Tuvimos una niña que murió a los 3 años de sarampión y eso fue terrible para mí.

A los 18 años me vine a trabajar como doméstica a Managua y en esa época conocí a un joven que trabajaba como conductor en la casa vecina y nos casamos. Con él tuve cinco hijos y vivimos juntos 27 años. Una de nuestras hijas murió de cáncer a los 8 años y después de eso mi esposo se dedicó a tomar alcohol y mi vida se convirtió en un infierno porque me golpeaba e insultaba todo el tiempo y también golpeaba a los niños, hasta que decidí separarme.

Yo tenía 44 años cuando comencé a participar en las actividades del Ceprev. Comprendí muchas cosas en los talleres, vi que podía salir adelante y luchar por mis hijos sin depender de mi marido y eso me ayudó a tomar la decisión de separarme.  Me metí a un curso de belleza que dieron en la comunidad y me dediqué a trabajar cortando pelo en mi casa.  Hace poco llevé otro curso de repostería y ahora también hago queques y con eso nos ayudamos. 

Mi vida cambió en todo sentido porque yo había maltratado bastante a mis hijos, les daba con alambres de luz hasta reventarlos y después de asistir a los talleres dejé esa violencia por completo hasta el día de hoy. Cuando yo cambié hacia mis hijos ellos también cambiaron conmigo, dejaron de contestarme mal y de pasar todo el día en la calle como hacían antes y empezaron a escucharme.

Con el tiempo estudiaron y el día de hoy trabajan y son personas responsables, pero uno de mis hijos perdió a su pareja porque empezó a portarse violento y por eso le estoy aconsejando que vaya a recibir las terapias que dan en el Ceprev. Ahora sé que el machismo le afecta tanto a los hombres como a nosotras las mujeres y trato de que mi hijo comprenda que si no quiere acabar como su padre debe tratar de superarse. Mi marido nunca compartió los oficios conmigo, solo era tomar y decir “vos sos la mujer y tenés que hacerlos”, y  si mi hijo quiere seguir ese camino ninguna mujer le va a durar.

También en mi comunidad yo cambié bastante, porque al igual que mi madre, fui una mujer autoritaria y odiosa, y tenía un vocabulario tan feo que todo el mundo me tenía miedo.  Ahora puedo oír que me digan cualquier cosa y no reacciono como antes, porque aprendí a convivir de otra forma. Mucha gente del barrio me dice “qué alegre cómo cambiaste” y me preguntan “¿cómo hiciste?” Y yo les digo, “vayan a aprender cómo se debe manejar un hogar y cómo se debe tratar a las personas”.

Por todo lo que viví yo era mujer sin autoestima, sentía que no tenía un valor como persona porque mi marido me decía “ustedes no sirven para nada”. Pero ahora me doy mi lugar, me siento orgullosa de todo lo que he logrado con  mis hijos y siento que tengo fuerza y optimismo. Yo misma logré superarme y ahora aconsejo a mis vecinas y les cuento mi historia. “Les digo, luchen, dejen a esos hombres que las maltratan, ustedes pueden salir adelante a como hice yo”. 

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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