Galo Muñoz Arce
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Lo primero que vio el presidente Rafael Correa al aterrizar este domingo por la tarde en la ciudad más rica de la provincia de Manabí fue un Ecuador muy distinto al que dejó días atrás por la gira que lo llevó a Estados Unidos y el Vaticano.

Manta, uno de los puertos más importantes del país, lo esperaba a oscuras, solo iluminada por las luces de las ambulancias y de los carros de bomberos, y los focos de los autos que hacían cola para cargar gasolina justo a la salida de la base de la Fuerza Aérea Ecuatoriana en la que aterrizó su avión.

El mandatario quizás pudo ver que el monumento insignia de la base aérea --un avión militar con "rostro" de tiburón-- cayó al piso tras el terremoto de 7.8 que golpeó con particular saña a Manabí.

Peor le fue al aeropuerto internacional de la ciudad, cuya torre de control se desplomó sobre el pavimento, como si hubiese decidido por una vez aterrizar ella sobre la pista en lugar de las aeronaves.

La llegada y partida del presidente de la República alteró por unos instantes una rutina de por sí alterada de la base, que no ha dejado de operar desde que se desató la tragedia.

Aquí llegan los aviones con ayuda nacional e internacional para combatir los efectos del desastre que ha movilizado a todo el país sudamericano. El primero en aterrizar fue un avión de la Fuerza Aérea de Venezuela seguido por otra aeronave proveniente de Quito. Se esperaban en las próximas horas vuelos de Cuba y de Colombia.

El drama de Pedernales, el pueblo más golpeado por el terremoto en Ecuador Portoviejo, colapsado. Escribo estas líneas viendo fotografías desoladoras del centro de la ciudad y me invade una profunda melancolía. Manta, la ciudad dizque moderna, también recoge horribles testimonios humanos y gráficos del desastre. 

Una primera pregunta que me hago  es: ¿por qué edificios aparentemente nuevos, que se supone han observado las normas técnicas y profesionales de sus construcciones, se han caído como castillos de naipes en Portoviejo y Manta?; y una segunda pregunta aún más sensible: ¿por qué la ignorancia y la infamia se instalan en el sentido común de quienes en las redes sociales adelantan criterios sobre la cobertura humanitaria que demanda este desastre nacional? Solo dos palabras caben en semejante situación: prudencia y solidaridad. 

Todos sabemos que nuestro país --el Ecuador entero-- es una zona vulnerable a desastres naturales de distinto calado. Tenemos mar, volcanes activos y una defectuosa preparación colectiva para enfrentar eventuales catástrofes. Y no es acusando, a quienes se crucen, el modo cómo se van a asumir las faenas de rescate, ayuda y transmisión de serenidad que requiere este momento. 

La primera pregunta, sobre la solidez y las técnicas antisísmicas que los ingenieros y constructores deben observar en el trazado de proyectos inmobiliarios, es sustancial. Hace pocos años, en Quito, a propósito de las alertas por posibles erupciones de los volcanes cercanos, se hizo una breve revisión de los estándares de construcción de los edificios --construidos siquiera hace una década--, y una gran mayoría no cumplía todas las normas.

El escándalo de semejante información fue fugaz. Nadie escudriñó más sobre el tema. Hoy, viendo los desplomes y ruinas en Portoviejo, Manta, Pedernales, Guayaquil y Esmeraldas, es ineludible preguntar: ¿en todas partes se construye a la buena de Dios?, ¿dónde está el control municipal?, ¿por qué en un país de alto riesgo sísmico las construcciones no respetan las mínimas normas técnicas? Es posible que un sismo, con la intensidad del ocurrido el sábado, sea lo suficientemente fuerte como para pensar que cumpliendo las reglas se hubiera salvado algo. 

“El problema debería empezar por la conciencia sobre dónde está el riesgo. Una persona es afectada porque le cayó una estructura. Esa debería ser la explicación real de lo que pasó”. “Son sobre las estructuras donde debemos trabajar. Nadie en el mundo puede parar el proceso interno de la tierra. No podemos actuar sobre la amenaza, pero sí sobre la vulnerabilidad.

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