Jorge Eduardo Arellano
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En dos oportunidades, ambas en España, Rubén Darío seleccionó su obra. La Librería de los Sucesores de Hernando, en Madrid, 1910, fue la editorial que acometió ––sin calidad tipográfica–– ese intento. Obras escogidas era su título y consistía en tres volúmenes. El primero no era de Darío, sino de Andrés González Blanco (1886-1924), crítico peninsular y desmesurado admirador del gran poeta: Estudio preliminar, de CDXLIV páginas, se subtitulaba. Un segundo volumen, de 317 páginas, ofrecía una muestra mínima de poemas (4 de Azul…, 14 de Prosas profanas y 35 de Cantos de vida y esperanza) y el tercero, de 397 páginas, contenía fragmentos de su prosa.

Al parecer, Darío no tuvo más intervención en ellos que la de “mal vender” la edición, junto con su piano, para “poder hacer frente a la situación”. ¿Cuál? La precaria, económicamente hablando, de su cargo como ministro residente de Nicaragua ante el rey de España Alfonso XIII. Así lo comunicaría su autor desde Madrid en carta del 12 de enero de 1909 a Santiago de Argüello, en León.

La segunda oportunidad, completamente exitosa, data de 1914. A mediados de ese año, la Biblioteca Corona, de Madrid, editó Canto a la Argentina y otros poemas, el último poemario de Darío, quedando este muy satisfecho. Pues bien, Ramón Pérez de Ayala y Enrique de Mesa   ––fundadores de la Biblioteca Corona–– ofrecieron a Darío una selección de su obra poética, por la cual le pagaron dos mil francos. A pesar de su mala salud, Darío se dio a la tarea de escoger la mejor de su producción en verso.

De esta manera concibió su autoantología, bajo el título de Obra poética, en tres volúmenes: Muy siglo XVIII, Muy antiguo y muy moderno e Y una sed de ilusiones infinita, publicados respectivamente en 1914, 1915 y 1916. Sus títulos procedían de la primera estrofa del primero de los Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía”, el cual aparece en el primer volumen con el título “Preludio”. Se trata, como lo ha valorado la crítica, del más grande biopoema de la lengua. Sin disfraz  alguno, en sus versos se autoconfiesa y autorretrata, examina y proclama su estética, equiparando la pureza del arte a Cristo, actitud que calificaron de “sacrílega” críticos de manual. Además, reafirma su alma sentimental, sensible, sensitiva.

La edición fue lujosa, impresa por Blass & Compañía, en papel vergé: a dos tintas, con mayúsculas decoradas y ribetes de color en cada página. El colorido de cada volumen es distinto: rojo en el primero, morado en el segundo y verde en el tercero. Además, cada uno de los volúmenes contiene ilustraciones del artista español Ángel Vivanco, todos de gusto versallesco y motivos neoclásicos.

Ciento cincuenta poemas integró Darío a la selección de sí mismo. El chileno Julio Saavedra Molina, al describirla y valorarla, anotó: “No contienen poemas nuevos; no son más que una nueva agrupación, un tanto caprichosa, de los mejores poemas de cinco de sus libros anteriores”. A saber: 44 de Prosas profanas y otros poemas (1896, 1901), 55 de Cantos de vida y esperanza (1905), 35 de El canto errante (1907), 9 del Poema del otoño y otros poemas (1910) y 7 del Canto a la Argentina y otros poemas (1914). Como se ve, Darío prescindió de las tres ediciones de Azul… (1888, 1890 y 1905). Igualmente, de textos significativos como “A Colón”, “A Roosevelt”, “Salutación al águila” y “Allá lejos”.

El máximo valor de la autoantología de Darío radica en que refleja la conciencia literaria de su autor al elegir los títulos definitorios de cada volumen y, rigurosamente, los textos poemáticos, de acuerdo con su propio orden que él legaba a la posteridad. Muy poco poetas de la lengua han tenido esa suerte. Por lo demás, la antología se editó por primera vez en 1967, en el marco del centenario natal del bardo, por la Comisión Nacional establecida al respecto y con una antología complementaria de poemas darianos seleccionados por Pablo Antonio Cuadra y de Eduardo Zepeda-Henríquez.

Tres veces más, ya en el siglo XXI, la difundieron en Nicaragua la Fundación UNO (Darío por Darío) en 2001; en Barcelona la Editorial Lumin, preparada por Alberto Acereda, en 2011 (Y una sed de ilusiones infinita); y en México, D.F., por Joaquín Ortiz, a cargo de Ricardo Llopesa, en 2013 (Antología personal).