Orlando López-Selva
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Fidel Castro compareció ante el plenario del “Séptimo Congreso del Partido Comunista Cubano”.

Su alocución fue breve; tenía esa aura de misterio profético y seriedad teatral que siempre le imprime a todo lo que dice. Un gran comunicador.

Pero sus ideas, que le permitieron a los Castro, asentarse en el poder por 57 años, esta vez fueron resignadas.  

Admitió que a “él nunca se le habría ocurrido la idea… de (vivir) los 90 años”.  ¿Había vivido temeroso de morir antes? ¿O se creyó inmortal?

Ahora Fidel Castro confiesa albergar esperanzas de que “quedarán las ideas de los comunistas cubanos, como prueba de que en este planeta si se trabaja con fervor y dignidad, se pueden  producir los bienes materiales y culturales que los seres humanos necesitan”.

¿Esperanzas o vergüenza?

¿Qué ejemplo quedará para los 12 Estados revolucionarios  izquierdistas —entre 196 Estados— apuntaladas por intelectuales que medran al amparo de dictaduras?

¿Intelectuales… los que nunca reconocen un mal en sus “gestas justicieras”, se arrogan la verdad, el poder de descalificar al adversario, para que la revuelta les condecore?

Siempre habrá quienes crean el cuento que justifica a las tiranías que imponen yugos, escasez, represión y cárcel a los que tienen mentes propias. Aunque saben que la libertad es la columna vertebral de la dignidad del hombre creado o evolucionado. Y todo  hombre digno busca el progreso.

¿Trabajar con dignidad y fervor…? ¿Cuál dignidad si vivieron atacando a un imperio para someterse a otros; o al que amenazare los valores —generosos y nobles— de la democracia occidental que les ha permitido pan, techo y libertad a todos esos exégetas de la historia —como Marx, Gramsci, Marcuse— u otros nutridos y amparados en occidente?  
¿Y cómo se justifican hoy los que crearon muros de Berlín, campos de concentración chinos, Gulags, Marieles, o campos de exterminación polpotianos?

Quieren convertir a Occidente en una tumba. Pero saben que es cuna fecunda de universidades, industrias, empresas, libros, invenciones y riquezas, de las que sacaron provecho para enriquecer sus ideas y propuestas que sí les permitieron sobrevivir con dignidad.

¡Cuánto denigran la mano del capitalismo que les cobija y defiende con sus leyes, recursos y valores!

¿Bienes materiales...? No es una idea de aceptación de que el hombre piensa primero en su estómago y su bienestar.

Y han sido las sociedades que crearon abundancia las que han resuelto esos problemas. Además que estas sí pueden corregirse porque no esconden sus pifias y torpezas.

Por ello sucumbió el inhumano socialismo, encerrado en sus tenebrosas ergástulas de torturas y espionaje: los castigos a los hombres libres. Mientras que las sociedades democráticas se viven renovando por las críticas y los ajustes propiciados por la libertad.  

La diferencia yace en la libertad de pensamiento, expresión,  movilización, asociación, creación.  

Reconozco los avances en medicina, deportes y cultura que ha producido Cuba. Pero… ¿es porque los Castro propiciaron ese impulso como la única riqueza de la que podían jactarse los sometidos? ¿O esa era ya una virtud de los cubanos que siempre se han destacado en todo: ciencia, arte, cultura y deporte?

¡Por favor, que no me vendan que la revolución es prodigiosa!

Dan pesadumbre posiciones fanáticas de algunos revolucionarios que responden más a sus prejuicios que a sus principios, que deberían aplicar indiscriminadamente.

Un ejemplo. El secretario general de la OEA, Luis Almagro, reprochó a los que enjuician a la presidenta Rousseff en Brasil. Ahí todo bien y válido. Pero, este mismo diplomático, al referirse a la crisis venezolana, fue crítico del Gobierno de Maduro (siendo él mismo de izquierda). ¿Y qué sucedió? La cancillera venezolana salió diciendo que “el señor Almagro está vendido a los intereses norteamericanos”.

Ante tales reacciones, ¿Qué confianza nos inspiran “los revolucionarios” que nunca aceptan críticas y solo vilipendian a los que les adversan?

Una idea de libertad o justicia no puede ser noble si causa un mal. Es éticamente inaceptable cuando se arguye para favorecer la represión, la intolerancia o la injusticia.

Fidel subió al poder prometiendo destruir todo lo malo del régimen batistiano. Pero construyó un sistema elitista y penitenciario.

Ahora Fidel está aterrorizado por su juicio final.

¿En cien años, cuántos leerán la obra del que acometió una acción justa para desembocar en tantas injusticias?

La democracia avanza lento. Pero siempre habrá tontos que crean que las revoluciones liberan, mas solo sustituyen unas necesidades básicas para los más excluidos, que los tiranos suplen, intercambiándolas por la lealtad que los sustenta.

Te recordarán mucho, Fidel ¡Pero de qué manera!

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus