Francisco Javier Bautista Lara
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Desde el avión de Aeroflot, en la primavera de 1984, volando de Moscú (capital de Rusia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en aquel entonces), a Sofía, capital de Bulgaria, en una limpia mañana de cielo azul, vi con asombro a través de la ventanilla, rodeado de un amplio campo desértico y un bosque frondoso de pinos, una inmensa y característica torre de hormigón gris, que dijeron era un reactor nuclear, “el átomo de la paz”, para generar energía segura a “las ciudades del futuro”. Dos años después, ocurrió en Chernóbil una de las mayores catástrofes nucleares que asustó al mundo. Hace cinco años, otra tuvo lugar en Fukushima, Japón (11/3/2011). La primera provocada por error e imprevisión humana en la planta en marcha, y la segunda como consecuencia del tsunami, cuyas olas traspasaron la insuficiente previsión e inutilizaron los sistemas electrónicos en el reactor que se había apagado previamente por el sismo, la tecnología nipona y global sucumbió ante el poder de la naturaleza. El átomo y sus partículas, en ambos casos, esa energía concentrada en la pequeñez de la materia, desató una fuerza colosal que desencadenó tragedia, “la partícula de Dios”, dice Leon Lederman, Premio Nobel de Física en 1988. Algunos la refieren en los riesgosos y atrevidos experimentos en el Gran Colisionador de Hadrones (Ginebra), en busca de aproximarse y descubrir el “big bang”, el origen del universo. La ciencia humana es incapaz de domesticar al monstruo que temerariamente despierta, ya no digamos en la terrible intensión destructiva de la bomba nuclear, como los genocidios de Hiroshima y Nagasaki en 1945, cuya responsabilidad es imposible obviar y justificar. Esas culpas “claman al cielo”.

En la madrugada del sábado 26 de abril de 1986, hace tres décadas, ocurrieron las explosiones en el cuarto reactor de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil, Ucrania, cerca de la frontera bielorrusa, la república (exURSS) más afectada por la proximidad y la dirección de los vientos que trasladaron la nube radioactiva hacia el N.O. de Europa. 

La amplia zona afectada directamente de unos cuatrocientos kilómetros cuadrados requiere veinte mil años para descontaminarse, el daño a la vida humana, animal y vegetal, a las aguas y al suelo, es trágico e irreversible, sufre radiactividad severa. Pripyat localidad de casi cincuenta mil habitantes, a tres kilómetros de la explosión, fue evacuada tres días después dejando la infraestructura de una ciudad fantasma. Al inicio no se valoró en su real magnitud lo que se dijo era “un accidente controlado”. La información difundida durante las semanas siguientes fue confusa e incompleta. Suecia, al detectar radiación anormal en su atmósfera, emitió al mundo la señal de alarma.

Solo las “máquinas humanas” lograron aproximarse y subir al techo para tapar el lugar con un sarcófago de hormigón, los llamaron “liquidadores” (para vencer  la radiación atómica), más de seiscientos mil soldados, bomberos, reservistas, voluntarios, mineros, técnicos y científicos traídos de toda la URSS. La tecnología, ante la exuberante radiación en la proximidad del reactor, hizo colapsar los equipos eléctricos y electrónicos a los pocos minutos, sin embargo, los humanos aguantaban y lograron reducir, a costa de su vida e integridad, aún sin medir las consecuencias, la expansión del veneno radiactivo. Fueron declarados héroes luchando contra un enemigo que ignoraban, no era una invasión o ataque nuclear, era el átomo incandescente emanando fuerza intempestiva, invisible y aniquiladora. Muchos murieron en los primeros días y semanas, otros en los primeros meses, un tercio en las primeras dos décadas; casi todos quedaron con alguna limitación o destrucción física o psíquica, en ellos y en su descendencia.

En 2015 la Academia Sueca otorgó a la escritora Svetlana Alexiévich (1948), el Premio Nobel de Literatura, ella, de origen bielorruso, escribió entre otras obras, Voces de Chernóbil (2006), dos décadas más tarde. Recoge desgarradores testimonios de trabajadores, “liquidadores”, familiares y pobladores marcados por la tragedia. Son parte de la dramática memoria que no necesita de ficción para asombrar y enmudecer.

El sarcófago que cubrió la terrible e inmensa estufa de material radiactivo, y en cuyas fisuras se filtra la materia inagotable, fue improvisado para soportar treinta años que se agotan en 2016. Una nueva estructura, costosa y compleja, se prepara con prisa y atraso desde hace dos décadas, tendrá, según los expertos, la que llaman el “Arca”, una vida útil de cien años, ¿quién sabe qué habrá ocurrido y qué vendrá después?

www.franciscobautista.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus