Erick Aguirre
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Asesinato en Montelimar es la segunda novela de Napoleón Alvarado Narváez, aunque es la primera que, siendo estrictos con el concepto clásico de novela, lo es verdaderamente, sin variables clasificatorias.

Digo esto porque su primer ejercicio novelístico fue Persia, el espectacular Imperio (2000), traducida y publicada inicialmente en inglés, en Estados Unidos, y con dos posteriores ediciones en español (2004 y 2008), en Nicaragua. Un ejercicio de adaptación, o más bien recreación novelesca, de buena parte, sino de toda la historia del Imperio Persa.

Asesinato en Montelimar es un texto distinto y, como dije, ceñido a los cánones clásicos del género novelesco, pero que tampoco deja de recrear o reinterpretar, desde su propia ficción, importantes acontecimientos históricos, en este caso de Nicaragua, aunque también de la historia mundial.

Está escrita con prosa limpia y fácil de leer, aunque llena de guiños y alusiones irónicas que apelan a cierto conocimiento histórico y a cierto acervo intelectual, pues en ella el narrador y los personajes eventualmente hacen alarde de conocimientos científicos relacionados con la química, la geología, la geografía y, por supuesto, la historia, entre otras disciplinas evocadas con amena naturalidad y como parte del propio desarrollo dialógico de la novela.

Aunque está concebida de manera circular (la obra termina en el mismo punto donde comienza), su estructura tampoco es difícil: está dividida en 10 capítulos narrados secuencialmente, aunque con frecuencia, en medio de la lectura de cualquiera de ellos, los saltos temporales transportan al lector hacia épocas y atmósferas distintas, sin que se pierda nunca de vista el hilo conductor de la trama: el misterio (revelado casi hasta el final) que envuelve a la muerte de  Edmundo José de la Cruz Icaza.

Hay aquí personajes que parecen ser versiones ficcionales de migrantes célebres que anclaron alguna vez en Nicaragua, donde jugaron fortuna; así como célebres personajes reales tomados de la historia, como Anastasio Somoza García, fundador de la dictadura, y su hijo Tachito, cuyo protagonismo en la trama es importante.

También aparecen, eventualmente dibujados casi como de perfil, personajes importantes de la literatura, el periodismo, la política y el mundo de los negocios en Nicaragua. Particularmente entre ellos sobresale el escritor y maestro Carlos A. Bravo, cuyo diálogo con Somoza Debayle es una de los pasajes más interesantes y extraordinarios de la novela.

Asesinato en Montelimar comete la supuesta herejía de tratar como ficción hechos que en realidad sucedieron, y que cada vez que son evocados, sea como ficción o como memoria histórica, suelen provocar reacciones disímiles, frecuentemente descalificaciones, o cuando menos cierta actitud desdeñosa por parte de quienes acostumbran esparcir incienso frente al altar de la Historia.

Sin embargo, creo que las operaciones del intelecto y la interpretación (caprichosa al extremo) de la realidad, son, a fin de cuentas, los procedimientos básicos e indispensables para la fragua novelística. Por eso también creo que a esta novela le espera una interesante recepción crítica.

Leyéndola me he dado cuenta de que los agoreros vaticinios (cada vez más viejos e incumplidos) acerca del fin, agotamiento o desintegración del género novelístico, están lejos de cobrar sentido.

En Nicaragua, donde apenas el arte de novelar se ha desarrollado con suficiente abundancia, dichosamente contamos con escritores capaces de asumir el arte de la ficción desde su estricto sentido. Precisamente esta novela nos subraya, bajo su forma más obvia, el valor de la intriga en el arte novelesco.

Pese a estar cuajada de digresiones y divagaciones pintorescas (aunque útiles a la trama y al ritmo persuasivo de la obra), lo que a fin de cuentas nos muestra esta novela es una realidad olvidada y brutal. Pero, lo más interesante: nos revive el gusto por el suspenso y la intriga como un reclamo a la pereza del ingenio novelístico.

Nos hace ver lo difuso o nebuloso de las fronteras que existen (o no) entre la verdad y la mentira cuando aparentan ser aceptadas o rechazadas, alternativamente, por una comunidad; y cómo esa disolución de fronteras entre mito y verdad, entre realidad y ficción, entre registro histórico y memoria colectiva, constituyen un espacio propicio, lleno de una infinitud de posibilidades para el ejercicio pleno y feliz de la novela.

* Escritor y periodista.

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