Félix Navarrete
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Asomándome a un álbum familiar me encontré con una simpática y antigua fotografía de mi hermano Martín cuando dio la primera comunión  vestido de fraile capuchino en la ciudad de Chinandega, cumpliendo así los sueños de nuestra abuela de verlo transformado en  un santo.

En esta foto, ajada por el tiempo, aparece flaco, moreno, ojeroso y de colochos, con una cara angelical  que inspira piedad.  No recuerdo  qué edad tenía en ese entonces, pero si yo no hubiera sido testigo de esta imagen, podría asegurar que se trataba precisamente de algún santo perdido que cayó del cielo y que necesitaba albergue en este mundo.

Y es que desde su nacimiento siempre tuvo cara de santo. Nuestra querida abuela, al mirarlo a la cara, afirmaba categórica que mi hermano era la reencarnación de San Martín de Porres, porque físicamente se parecía a este, aunque  ella ignoraba que el santo peruano fue dominico y no capuchino.

Sin embargo, nuestra abuela tenía alguna razón. Martín no solo tiene cara de santo, sino que se esfuerza por serlo.  Su vida es un espejo de virtud y rectitud.  Mi hermano es alegre, inteligente, positivo, honesto  y lleno de  muchos proyectos,  a pesar de que el destino le jugó una terrible pasada, digna de una película  de terror.

Hace más de treinta años, cuando la Revolución era la esperanza de miles de jóvenes, mi hermano tuvo la oportunidad de estudiar en Cuba y Rusia una profesión militar. Nos despedimos una noche de agosto de 1982 en que  viajó a La Habana,  con la esperanza de que le escribiría constantemente.  Y así, en ese ir y venir de correspondencias,  en esas largas cartas donde intercambiábamos nuestros sueños, mi hermano forjó  su carácter, despejó  dudas y temores, y  se convirtió en el hombre que quería ser.

Pero la coyuntura política del país cambió, y  su sueño se convirtió en pesadilla. Todo su  sacrificio y parte de su juventud fue borrada de su hoja profesional. En 1990, cuando regresó de Rusia,  la gobernante de turno había reducido sustancialmente el Ejército y enviado a centenares de militares profesionales a la calle. Como un recuerdo gris  congelado en su memoria quedaron las mañanas brumosas y terriblemente frías de Simferopol, los duros ensayos militares en la nieve, las bellezas desafiantes de las moscovitas cerca del Carrillón del Kremlin,  los exámenes en ruso,  la dificultad del idioma,   las noches blancas de Usbekistán y la nostalgia por  su pequeña  patria de lagos y volcanes.

¿Qué pasó con sus  sueños? Su carrera militar y su empleo se fueron a pique. El gobierno de turno había desmantelado al Ejército y no quería saber nada de profesionales en ese campo. Sin embargo, pese  a ese golpe de infortunio, mi hermano no se amilanó y se reinventó para poder sobrevivir.  Guardó sus conocimientos científicos y militares  y se reinventó. Se hizo vendedor, contador, auditor, pequeño comerciante  pero la suerte  o la providencia divina aún no le ha sonreído. No sé por qué. Los destinos de Dios son bien misteriosos.

Actualmente labora en una institución del Estado y permanece fiel a sus sueños y a su ideología política.  A pesar de que no le va bien, no se queja. Tal vez si hubiera ejercido su carrera sería un alto militar de carrera. Sospecho que a veces ha soñado con estar desfilando en uniforme de gala frente al Kremlin, al frente de una delegación nicaragüense.  Pero soñar no cuesta nada.

Por eso digo que mi hermano es el Santo de la familia.  A lo mejor  nuestra abuela tenga razón cuando dijo que se parecía a San Martín de Porres. Es probable: sigue siendo flaco, moreno, ojeroso, pelo crespo, amable, servicial.  El único detalle es que sería un santo que habla un ruso fluido,  que admira a Putin,  que reza a la virgen, que conoce la ciencia militar  y que lee a Gorki.  Un santo mixto, mitad santo, mitad mundano.  Y sueña con volver algún día a  Rusia,  aunque sea de turista para reencontrarse con su otra vida, su otra piel.  Mi hermano, el ruso, el soñador, mi  querido hermano del alma.

Managua, martes 26 de abril de 2016
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com

 

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