Jorge Eduardo Arellano
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No el coyuntural artículo político, ni la vacua reiteración en “la crisis de nuestro tiempo”, atrae la pluma del ensayista Pedro Xavier Solís (Managua, 1963), uno de los pocos escritores de su generación dotados para el género. Así lo demostró en el breviario Emboscadas (1994) y en la puntual biografía de su abuelo: Pablo Antonio Cuadra / Itinerario (1996). Hoy lo revela en otro breviario, maduro de pensamiento y más sugerente: Devenires (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2016). O sea: opiniones sobre la realidad entendida como procesos o cambios. 

Por algo Alberto Benal Rodríguez, de la Pontifica Universidad Javeriana, de Bogotá, afirma que este libro de 212 páginas contiene mucho de reflexión significativa. Y este es su principal mérito. En cuanto a que “los lectores lo van a aprovechar”, lo dudo. Por desgracia, no se ha formado aun en Nicaragua un público lector capaz de compartir las auténticas preocupaciones universales de Pedro Xavier y de admirar su lucidez crítica. 

Inscrito en la tradición iniciada por Montaigne, fundador del ensayo como pieza literaria, Pedro Xavier asimila autores de varias épocas para sustentar sus premisas. Enumeraré algunos antiguos y modernos: a los clásicos griegos Platón, Solón, Tucídides; a los padres de la Iglesia: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Basilio Magno; y a los pontífices de nuestros días: Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y su encíclica Laudato sí’. Pero también inciden en sus ideas escritores anglosajones y alemanes: Daniel Bell, Richard Halliburton, Edgar Hall, Albin Toffer, Ronald Lippit, Marlis Steinert, Christoph Turcke y Günther Anders. Recurriendo a ellos, sin olvidarnos de la impronta intelectual de su abuelo y del italiano Romano Guardini, Pedro Xavier replantea aspectos sobre La Creación y el hombre con suficiente conocimiento y soltura expresiva.

Estos temas le llaman la atención: ceguera y sexualidad, filosofía de la comida y la bebida, lenguaje y pensamiento, escritura en la antigüedad y hoy, arte en el Tíbet y creencia del Dalai Lama, autor de esta definición: “La compasión es la médula del ser humano”. Amén del séptimo arte, del descubrimiento y la conquista de América, de la dimensión filosófica del cacique Nicaragua y del habla mestiza, de Santo Tomás Moro y su ejemplo de intelectual, concluyendo Pedro Xavier, tras discurrir sobre los intelectuales y el poder: “Los intelectuales se alienan cuando subrogan su propia autonomía, cuando ahogan la voz de la conciencia, cuando se descaminan del ejemplo de “Tomás Moro”.

Tanto a los siglos XVIII y XIX ––mejor dicho a la revolución e independencia en Francia, España y sus colonias–– como a las tesis y antítesis de los siglos XIX y XX, Pedro Xavier dedica otras reflexiones originales. La más certera es su balance de la revolución sandinista “Aunque se maldijo la riqueza capitalista ––acotó––, los comandantes de la revolución se convirtieron en una nueva clase hegemónica: las restricciones generales nunca se aplicaron a la nomenclatura política”. Luego diserta sobre el genoma humano, el aborto y la eutanasia, la muerte de Dios, la cultura del descarte y la nueva edad marcada por una globalización nunca vista. De ahí que recomiende “cuidarnos de un pernicioso relativismo ––que en muchos contextos actuales tiene una raíz totalitaria y de un pernicioso absolutismo–– con su ramificación terrorista”.

Para él, este fenómeno deviene de la intolerancia, uno de los problemas mundiales que están a la vista y a la cual define como el desconocimiento de la dignidad del otro, “y que llega incluso al fanatismo homicida de las horrorizaciones terroristas como Al Qaeda y Estado Islámico (ISIS)”. Pedro Xavier, pues, está muy lejos de ser un nefelibata, mucho menos un retrógrado. Él es un pensador anuente a señalar e interpretar los conflictos y cambios que han transformado a la sociedad y al hombre.   

Cristiano, y más aun católico renovado, concibe y pondera la democracia, siguiendo a Maritain, como máximo régimen social de justicia e igualdad: “La tarea de la democracia moderna ––puntualiza-- debe consistir en armonizar la capacidad de competencia en los mercados, la libertad política y la cohesión social mediante un régimen de derecho, manteniendo una solicita atención hacia el ciudadano, especialmente en el momento mismo de la necesidad”. También postula las soberanías de las familias, la solidaridad del vecindario y el poder del municipio. Pero la convicción que más lo representa no es otra que esta: “La fe alcanza donde la ideología no llega y nutre donde la razón se vuelve árida”. 

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