Jaime Rodríguez Arana
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De un tiempo a esta parte, la tendencia a la radicalización en la vida política es uno de los fenómenos más característicos del panorama general. No solo en España. En Gran Bretaña, Alemania o Estados Unidos, por ejemplo, el giro hacia el extremo por parte de algunas formaciones tradicionales refleja una peligrosa tendencia que alimenta demagogia y populismo por doquier.

Precisamente por esta razón W.B. Yats ha podido escribir, no sin cierta exageración, que “todo se desmorona, el centro no resiste, la anarquía se adueña del mundo”. En el Reino Unido, los tories enfrentan el espinoso problema de la pertenencia inglesa a la Unión Europea, en Alemania Merkel tiene serios problemas para encauzar el problema de los refugiados y en los Estados Unidos, demócratas y republicanos están siendo cuestionados desde los extremos de sus formaciones por argumentos populistas. Es decir, los partidos tradicionales, también en los Estados Unidos de Norteamérica, que de una u otra forma han practicado políticas moderadas están siendo desafiados por los movimientos ideológicos de extrema derecha y extrema izquierda. España no es una excepción.

La cuestión, que no es de difícil diagnóstico. Tiene bastante que ver, me parece,  con una determinada forma de entender el centro político y la realización de políticas centristas. En efecto, durante mucho tiempo se ha pensado que el centro no era más que un talante o estilo de hacer política a partir del diálogo y el acuerdo. Sin embargo, el centro es mucho más que pura forma. Es verdad que la metodología del entendimiento es capital para este espacio político. El problema aparece cuando el consenso y el acuerdo pierden su carácter instrumental y se convierten en el fin. En el único fin de la política.

La política, desde luego, es una de las más nobles actividades a las que se puede dedicar el ser humano. Esta afirmación es cierta, como también la siguiente: la  política tiene sentido en una democracia si está orientada, en un marco de libertades,  a la mejora integral de las condiciones de vida de los ciudadanos. Es decir, si está diseñada para ampliar los horizontes vitales de las personas, para que estas puedan realizarse libremente en un contexto solidario.

En este sentido, no dudo en reconocer que la política tiene una dimensión ética capital ya que, rectamente entendida, debe dirigirse a devolver el protagonismo que le es propio a los ciudadanos, últimamente robado por tecnoestructuras de diverso signo, colocando en el centro a la persona. Y colocar en el centro a la persona consiste, entre otras cosas, no en propugnar un desplazamiento del protagonismo propio e ineludible de los gestores democráticos, solo faltaría,  sino en poner los medios para que la libertad, la solidaridad y la participación de cada ciudadano pueda construirse cotidianamente, a golpe de cualidades democráticos.

El espacio de centro no es solo un talante, no es solo un modo o forma de hacer y estar en la política. Quienes así piensan, quizás lo hagan porque entienden  que esta posición política, en las antípodas del pensamiento de confrontación que trajeron las ideologías cerradas, no es susceptible de caracterización propia y se reduce únicamente  a un estilo o  modo de estar en la política de manera abierta y dialogante. No estoy de acuerdo, sencillamente porque el espacio del centro político es algo más. Sí, definitivamente, el centro es algo más. Mucho más que un talante,  que una forma, un estilo de estar y hacer política. Precisamente porque los centristas hoy han abandonado las convicciones profundas y escapan de los principios, por eso el centro parece desmoronarse. Sin embargo, es tiempo de recuperar las señas de identidad del centro, de recuperar el pensamiento abierto, la metodología del entendimiento, la sensibilidad social, el compromiso con la dignidad del ser humano, con la razón y con la mejora continua de las condiciones de vida de las personas.

Estamos a tiempo de parar la vuelta al pasado, a la demagogia y al populismo, a los espacios de odio,  de resentimiento y confrontación, que se han aprovechado hábilmente de la tecnocratización del centro y de la llegada, como escribe Zakaria, de líderes aburridos y  practicones, insensibles y distantes de los problemas reales de la gente. Por eso, este es un tiempo de invertir en moderación, principios y valores democráticos y de buscar dirigentes y líderes que, sin miedo y sin complejos que defiendan lo que millones de personas normales, sensatas y moderadas, esperan en tantos países. Ni más ni menos.

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