Orlando López-Selva
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Un funcionario de altísimo rango de la familia Saudí acaba de anunciar que su país ha decidido reconvertir su economía. Van a destinar varios billones de dólares para orientarse hacia otras industrias y dejar a un lado la dependencia del petróleo. Los países productores saben que el petróleo no es un negocio rentable por su producción, sino por el costo de extracción. Extraer para Canadá, Estados Unidos, México, Venezuela, es caro; para los árabes, barato. Además que, esta industria es ya una amenaza ambiental planetaria.

¿La mayor potencia petrolera global está tirando la toalla?

Los economistas estarían pensando en que la rentabilidad va camino a ser mínima. Y que la industria petrolera va poco a poco convirtiéndose en insostenible. Los ambientalistas verán esto con buenos ojos. ¿Los daños al medio ambiente han influido en esta toma de decisión o los precios en picada son los que han puesto a pensar a los árabes que este negocio no está siendo beneficioso y mejor sería planearlo todo a largo plazo? 

En fin, el que un líder de toda una industria petrolera tome una decisión como esa en el mediano plazo, sin dudas, tendrá un impacto significativo para la economía mundial. Para mí lo estremecedor de la noticia es que este evento es la   muerte anunciada de la industria. No es el fin del recurso. Posiblemente, seguirá utilizándose para otros propósitos y en menores plataformas productivas industriales. Pero, ¿Equivaldría a pensar que muy pronto los italianos anunciarían —para asombro de muchos—  que comerán hamburguesas en vez de pasta? ¿O que los franceses, en vez de producir pan, se enfocarán en producir tortillas?

¿Qué va a pasar con los países suramericanos ―y otros de Asia y África―que sustentan su economía en el petróleo? 

Lo bueno: hay opciones. Las industrias alternativas están tomando auge —la solar, la eólica, la hídrica, la mareomotriz, la geotérmica o la de biocombustibles.

¿Cuál será el futuro de la industria de energía nuclear, luego de las tragedias de Chernóbil y Fukushima? 

¿Se acabará la industria del plástico, los polímeros, el asfalto, y otros derivados que hacen que gigantes fábricas funcionen? 

No lo creo tan así. La insigne educadora Aura Lina Salazar Oviedo me decía una vez que su mamá le contó que cuando aparecieron los primeros automóviles por las calles de Managua, había entonces una fuerte discusión ética: “¿Era menos contaminante el automóvil que los coches y carruajes de animales, porque cuando los caballos se vaciaban en las calles llenaban estas de excrementos?”

Si es cierto que la industria petrolera produjo tanto bien, paralelo a ello debemos preguntarnos: ¿Cuánto daño ocasionó a los bosques, la atmósfera, las ciudades o al hombre?

Es lógico pensar que tendremos varias reacciones a la decisión de Riad. Habrá quienes la invaliden por ser una industria que no generará tanto dinero; o quienes asuman que es un deber ético seguir el ejemplo de sus hermanos árabes; y sin dudas, habrá quienes crean que es muy temprano para una retirada, y se creará un vacío que otros podrán llenar, aunque el negocio  cada día tenga menos seguidores. O se proyecten industrias alternas promisorias más amigo-ambientales. 

Si vemos esta decisión anunciada a la luz de la vorágine de este ciclo histórico, nos damos cuenta que es un hito. Este es un  viraje hacia la búsqueda de otra revolución industrial sin chimeneas. Entonces… ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el campo para la próxima revolución? ¿Los que posean agua en abundancia serán los nuevos millonarios? ¿Lo decidirá la ciencia o el mercado?

Estamos atestiguando el fin de una era importante del mercado global. Los países ya involucrados y que han invertido millones de dólares en este negocio no podrían prestar oídos sordos al anuncio hecho por el líder mundial de esta industria. Desde el punto de vista político, esto tiene impacto con solo el anuncio. Puede ser una decisión seria. Puede ser simplemente una especulación con fines propagandísticos. O una mera provocación para suscitar reacciones. 

El mundo está cambiando. Todo giro es sorprendente porque cada generación se acostumbra al statu quo. ¿Qué más puede ocurrir… que los suizos anuncien que se irán a vivir a Marte? ¿O que los longevos dictadores decidan convertirse en monjes descalzos? Solo basta la imaginación para especular.

¡Qué bien que estamos aprendiendo una lección!: a pesar de los peligros, en ciertos campos del desarrollo industrial para la humanidad, tenemos una reflexión ética colectiva, en la medida que nos sentimos amenazados por nuestra propia irresponsabilidad.

 

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