Adolfo Miranda Sáenz
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Miguel era un muchacho que por diversas circunstancias nunca pudo conocer a su padre. Su padre sí lo conocía, lo amaba y se interesaba y preocupaba por él. Proveía para su alimentación, salud, vestido, estudios, etc. Pero el muchacho no lo sabía; entre él y su padre no había ninguna relación. Miguel creció pensando que no tenía papá, que había muerto. Para él, no existía ningún padre. Cuando llegó a ser un hombre mayor pensaba en todas las circunstancias de su vida en las que le hubiese gustado tener un padre. Miraba con tristeza cómo otros tenían una dicha que él no podía tener. 

Su mejor amigo de niño cayó de un columpio y se rompió el labio; corrió hacia su padre que lo abrazó y tranquilizó, lo llevó al hospital y estuvo dándole valor y ánimo, sosteniendo su mano cuando los médicos lo atendían. Un compañero de colegio iba mal en una materia y estaba a punto de perder el curso, pero su padre lo animó y ayudó a estudiar, lo orientó y apoyó hasta salir adelante. En la universidad un amigo sufrió una terrible decepción cuando su novia, a quien amaba, lo traicionó con otro muchacho; su padre al verlo triste conversó largamente con él y compartió su tristeza mientras le hacía ver la conveniencia de aquella ruptura a tiempo, aunque doliera, y las grandes posibilidades que tenía de encontrar otra muchacha mejor que realmente lo apreciara. Las palabras y el abrazo de padre lo consolaron y llenaron de confianza en sí mismo. Miguel vivió momentos similares muchas veces en su vida, pero no tuvo cerca un padre que le diera apoyo y fortaleza. 

Algo similar sucede a muchas personas, hombres y mujeres que no conocen a Dios, quien los ama con un amor mucho mayor que el de un padre o una madre. Que desea apoyarlos, consolarlos, ayudarlos y --en fin-- acariciarlos como una madre acaricia a sus niños. Pero no lo conocen; creen que no existe o que no se interesa por ellos. Dios los busca, pero no se dejan encontrar; los llama de mil maneras, pero no reconocen su voz. Y siguen su camino creyendo que los que proveen su alimentación, salud, empleo o quizá hasta lujos, son ellos mismos, o son otras personas, las circunstancias o las casualidades de la vida. Pero en última instancia lo reciben todo de Dios que en realidad nunca los ha abandonado, aunque quizá no lo entiendan, y se pierden la dicha de sentirlo cerca y tener su consuelo y su apoyo.

Sabemos que la Vida Eterna está al alcance de quien sea bueno, del que ame al prójimo, del que cumpla la ley de Dios aunque no lo conozca porque esa ley está escrita en los corazones y seremos juzgados por nuestra conciencia. Que tener o no tener fe en Dios no hace la diferencia entre tener o no tener problemas y sufrimientos en la vida. Ni siquiera la enfermedad y la muerte podemos evitar por tener fe. Entonces, ¿de qué sirve creer? Ciertamente a veces por la fe podemos lograr bendiciones en nuestras vidas, pero eso no es lo más importante. Tener a  Dios es tener un padre que da sentido a nuestra existencia, seguridad en medio de las tormentas, valor ante el dolor, esperanza en la tristeza, gozo, sabiduría y sobre todo paz. Todos pasamos por valles tenebrosos varias veces en la vida. Quizá ya los pasamos algunas veces, pero no sabemos cuántas veces más nos tocará pasar. Entonces será más fácil y seguro ir de la mano de Dios. Cuando todo se derrumba no es lo mismo estar solo que tener cerca al mejor papá del universo.

*Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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