Erick Aguirre
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Conocí a la poeta Jazmina Caballero cuando era una joven estudiante de Filología y Comunicación en la UNAN-Managua. Yo impartía la asignatura de Géneros Periodísticos, que a ella particularmente parecía aburrirle un poco, aunque al final logré percatarme de que su actitud algo intranquila y distraída se debía más bien a que siempre esperaba el final de la clase para conversar sobre poesía.

Como muchos de sus compañeros de estudios sintió desde muy temprano en su vida una fuerte inclinación por las letras. Sin embargo, pese a su juventud, ya había sorprendido a algunos escritores ya corridos y a ciertos profesores que habían leído sus poemas en las márgenes de tiempo entre clase y clase.

Contrario a la generalidad de jóvenes que se inician en el oficio con cierta inocencia fragante y el uso un tanto ingenuo de los instrumentos retóricos, la poesía de Jazmina reveló desde su inicio una madurez inusitada, cierta precocidad sorprendente. 

Y no es para menos: por mucho tiempo fue aplicada asistente de la Cátedra Carlos Martínez Rivas, cuando el propio autor de La insurrección solitaria se encargaba de impartirla. Es decir que, desde el comienzo, acudió a buena escuela.

Entre sus compañeros se comentaba que en cierta ocasión Martínez Rivas se mostró gratamente sorprendido al leer algunos de sus poemas. El poeta Pablo Centeno –se murmuraba en los pasillos universitarios– fue el único testigo del hecho, mostrándose también admirado.

Y tampoco es para menos: ambos (Martínez y Centeno) fueron siempre admiradores de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, con quien –me atrevo a opinar– Jazmina mostró sorprendentes conexiones en las primeras muestras de su trabajo. Y debo decir que yo ignoraba si entonces ya la había leído.

Otro mérito a adjudicarle es el hecho de que haya confesado, ante mi interrogatorio, que en efecto, entonces aún no la leía. Es probable que lo haya hecho hasta después de haber conocido personalmente al poeta Martínez, a quien visitó con mucha frecuencia en su casa de Altamira, en Managua.

Recuerdo ahora un volumen de pasta azul con la obra poética de la Pizarnik que el poeta me mostró un día en el porche de su casa; por eso pienso que, sorprendido quizás por los sombríos poemas de Jazmina, es seguro que debe habérselo prestado.

Sin embargo, fuera de toda comparación, los aciertos primerizos de Jazmina Caballero eran más que evidentes: intensidad y concentración en poemas que eventualmente prescinden del verso y se concentran en la prosa o en la forma del aforismo; capacidad de nombrar y mostrarse para después desaparecer tras el poema; facilidad para abrir espacios en el discurso a pequeños instantes triviales que se convierten de pronto en revelación:

“Me parezco a las seis de la tarde /por eso al anochecer no me encuentro.”

 “Apareciste envenenándolo todo /a mediodía del mundo, /como el diablo con sus orillas punzantes. /Envenenaste toda fe, /todos los rincones. /Los niños se ahogaron, /los cristos murieron… /Envenenaste todo /y, peor que veneno, fue tu beso.”

 “Hace mucho tiempo las ventanas de mi cuarto no crecen. /La tristeza se adueñó de mi cama /y desde lejos unos ojos se dibujan esperando la muerte.”

Esos versos, y otros igualmente misteriosos, oscuros y a veces maledicentes, fueron incluidos en su primer poemario publicado en el año 2007, y que tituló Epicrisis. Para leerlos vale recordar que Jazmina nació y creció en la ciudad de León, y que el entorno de su infancia fue quizás el mismo en que creció Rubén Darío.

Por eso la crítica Helena Ramos ha especulado que algo de la meticulosa tenebrosidad que caracteriza a su poesía quizás provenga de las experiencias de ese entorno: “su casa, grande y altísima, sobrecargada de recuerdos, de temores, de extrañas presencias estremecedoras”.

Pienso que de eso es que se trata el asunto de la poesía: de convertir la circunstancia, la mera trivialidad o el miedo recóndito, en algo revelador o misterioso, pero estremecedor y tangible.

Hace poco la poeta me anunció que tiene listo un nuevo libro. Pensé entonces en el último poema de su primer poemario: su paciencia y su trabajo han hecho que otro día y otras puertas escuchen el invierno.

* Escritor y periodista.

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