Lesli Nicaragua
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Si de algo siempre voy a recordar los ochenta, además de la implacable rebeldía, los uniformes y el patriotismo, las naciones hermanadas con nosotros y el sentimiento -al fin- de ser dueños de nuestro país, es por ese proyecto de cultura que trajo a tantos escritores de la talla de Cortázar o de Graham Green, y que su mayor logro fue acercar la literatura a los nicaragüenses.

Recuerdo que había un kiosko literario casi al frente de los Farolitos, en Linda Vista, adonde me gustaba ir a comprar libros. Allí, Olga, la muy guapa y sabia dependienta, me atendía con una suavidad empalagosa desde sus ojos de pesar, que me hacía regresar cada semana. Fue ella, sí, por su cercana belleza, la que me obligó a leer tres libros a la semana. Desde ajedrez hasta física. De La Hojarasca a Nuestro hombre en la Habana.

Pero los que más leía, por su bajo precio, eran los libros de la Editorial Nueva Nicaragua. Me devoré La amada inmóvil, de Nervo. A Erasmo y su Elogio de la locura, y el libro que para mí fue el más difícil hasta entonces, Baudelaire y la crítica del arte. Pero una tarde –siempre de tarde-, a finales de la década, llegué y me mostró un libro que debía leer, la tapa negra y las letras en blanco. “Es del comandante”, me dijo Olga. Es muy gordo, le dije, cuando vi el enorme librazo. Pero de inmediato le pregunté: ¿es que los comandantes escriben? Entonces me dijo que sí.

Curioso, me fui a investigar un poco. A Borge lo conocía por esos encendidos discursos, su mano en alto y su furibunda entrega a la revolución. Y porque era uno de los comandantes, el más veterano y aún más, fundador del Frente. Yo era de la ANS, la Asociación de Niños Sandinistas, y había visto varias veces a Borge en algunos actos. Pero esa faceta escritural no la conocía. Así que investigué con la persona que para mí siempre será la más inteligente de todas: mi mamá. Y me dijo que era un poeta venido a combatiente. ¿O fue al revés?

Para ser sincero, la novela, un testimonio extenso con mucha historia, no me cautivó sino hasta muchos años después, luego que conocí a Miguel Barnet con sus excelentes estudios y a la Menchú con su libro. Y vi que el libro merecía mucho la pena, no solo por su cronológica lección del pasado, sino por su enérgico tajo de historia contemporánea contada por quien hizo mucha parte de ella. El fundador, estilo José Arcadio Buendía, nos revela las interioridades, las génesis del movimiento libertario que se rehúso a proseguir con una línea de mando exógena y por lo tanto apátrida y redirigió el único destino propuesto, el propio.

Si bien, ligado a los ideales políticos del autor, este no dudó en señalar aspectos que debían mejorarse en la revolución; en otras partes del libro se evidencia ese tono lírico que saturaba a Nicaragua en los ochenta. La calzadura en la precisión histórica-dialógica con la literariedad textual, nos muestra un texto de correcta narratividad, o en palabras de Benedetti y Galeano, un libro de los mejores en esa corriente. Releyéndolo, me acordé de su última intervención ante los excombatientes históricos en la UNI, en la que estuve presente por invitación, y en la que el comandante instaba a seguir creciendo como nación, con identidad y cultura. Fue así como conocía a Borge, el otro, el escritor.

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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