Jorge Eduardo Arellano
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Sin pena ni gloria transcurrió este 4 de mayo, aniversario del Pacto del Espino Negro de 1927. El 4 y el 11 se reunieron en Tipitapa, Henry L. Stimson ––representante personal del presidente Calvin Coolidge en misión pacificadora a Nicaragua en guerra civil— y el general José María Moncada, líder del bando liberal que encabezaba la prácticamente triunfante “Revolución Constitucionalista”, que disponía del apoyo militar y político del Gobierno de México.

En realidad, ante el conflicto de Nicaragua, el Gobierno de la poderosa nación  tenía tres alternativas: 1) permanecer al margen y permitir la estrepitosa caída del presidente conservador Adolfo Díaz, además de sufrir una humillante pérdida de prestigio internacional en lo que aparecía como victoria mexicana; 2) lanzar en acción a sus marines (como en 1912), con la seguridad de provocar ante el Congreso norteamericano una fuerte reacción adversa; y 3) presionar para obtener un convenio negociado entre los bandos contrarios nicaragüenses. Esta fue la alternativa que tomó Washington a través de Stimson.

Ahora bien: en la práctica, el “Pacto del Espino Negro” implicó: 1) el desarme, a cambio de 10 dólares por cada rifle, tanto del Ejército Constitucionalista como del gubernamental o conservador; 2) la continuidad en el poder de Adolfo Díaz hasta concluir el período que le hubiera correspondido al expresidente Solórzano; 3) la creación de la Guardia Nacional, organizada y dirigida por el ejército estadounidense hasta consolidarla; 4) la convocatoria, en octubre de 1928, de elecciones supervigilidas por marines y calificadas por jueces norteamericanos; 5) la presencia indefinida de la ocupación militar de los Estados Unidos para garantizar todo lo anterior; y 6) el apoyo en los comicios a la candidatura presidencial de José María Moncada.

Como se sabe, los generales subalternos de Moncada acataron dicho Pacto, excepto uno (Augusto César Sandino) en telegrama dirigido por Moncada a Stimson. Pero no es muy conocido otro documento importante: la carta que desde Aguas Calientes, el 3 de mayo, remitió Sandino a Moncada, acampado en Boaquito. Ahí se manifiesta Sandino como un fiel servidor de la causa constitucionalista, es decir: del reclamo de la presidencia de la República para el doctor Juan B. Sacasa, vicepresidente electo en 1924 y derrocado por “El Lomazo” de Emiliano Chamorro el 25 de octubre de 1925.

“General ––escribió Sandino a Moncada un día antes del famoso Pacto: Su comunicación de ayer sobre la entrevista con Stimson la recibí anoche a las 12 ½ […] Puesto que usted se digna a oír mi parecer en este delicado asunto, tengo el honor de emitirlo de la manera siguiente: la conferencia puede aceptarse en cualquier tiempo y lugar, pero sin comprometerse a demorar ni un momento las operaciones de guerra, pues imagino que de lo contrario sería dar lugar a que el enemigo se pudiera colocar en mejor situación de la que se encuentra, objetivo que quizá sea el principal de la entrevista. Además, en el caso de que no se tratara de un arreglo, yo opinaría que la base fundamental, indispensable, debe ser la presidencia del doctor Sacasa”.

¡Más claro no canta un gallo! Y agregaba Sandino: “Este es mi modo de ver en las actuales circunstancias el que modestamente emito sin pretensiones de ninguna clase y confiando en que la resolución que usted tome sea la más acertada. / De usted atento seguro servidor y amigo, / Augusto C. Sandino”.

El original manuscrito lo conserva José Rizo Castellón, quien la difundió en su compilación Documentos históricos de Nicaragua: 1750-1940 (Managua, Banco Central de Nicaragua, 2001, pp. 221-222), hallándose hasta entonces inédita. El texto está redactado en grafito color morado en una hoja. La letra no es de Sandino, pero si la firma; por tanto, fue dictada por él. Dicho documento arroja, como se ha visto, nueva luz sobre la actitud de Sandino un día antes del Espino Negro.

Los hechos posteriores al Espino Negro son muy conocidos. Según Sandino, Moncada procuró convencerlo respecto a la claudicación diciéndole que era una locura pelear contra los Estados Unidos del Norte y que él no podía hacer nada con 300 hombres a su mando. El 8 de mayo se entrevistaron en Boaco, donde Sandino decidió no aceptar su desarme de inmediato sino en Jinotega. “Mis muchachos van camino a aquella región” —le informó. Montaba Sandino una mula mora bien enjaezada, vestía pantalón breach, sombrero plomo y usaba una pistola de cacha blanca al cinto y un pequeño fuete.

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