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La orquesta Mariinski de San Petersburgo (antigua Leningrado), celebró un concierto en las ruinas de Palmira, la ciudad greco-romana que el Estado Islámico intentó destruir.

Hecho inédito, pues la guerra sigue y los sirios continúan siendo sacrificados al terror alimentado por quienes dicen combatirlo y en secreto financian y alimentan.

El presidente ruso, Vladimir Putin, en videoconferencia, saludó el concierto como muestra de “memoria, esperanza y agradecimiento”. Música en un patrimonio de la humanidad que el fanatismo intentó devastar, sin conseguirlo.

Palmira prosperó, por siglos, como centro comercial de la Ruta de la Seda, que salía de China hacia Europa, marcando el desarrollo económico y cultural de dos continentes.

La orquesta rusa en Palmira hace recordar la Sinfonía de Leningrado, compuesta por el maestro Shostakovich entre 1941 y 1942, con la ciudad sitiada por las tropas nazis.

Había hambre hasta el extremo, decenas de miles de soviéticos perecían cada día; pero el director de orquesta Karl Eliasberg recibió la orden de organizar un concierto.

No había músicos suficientes, la mayoría muertos. Hubo otra orden: que todos los músicos de los frentes de Leningrado acudieran a la ciudad, para formar la orquesta.

En agosto de 1942, en lo más crudo de la guerra, la artillería soviética lanzó un ataque devastador sobre la artillería alemana, para que no interrumpiera el concierto. Sonó.

“Los alemanes nos estaban bombardeando, pero había una sensación de superioridad”. Sobre el terror, la música. Siempre la música.

az.sinveniracuento@gmai.com

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