Cefas Asensio Flórez
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A la par de la necesidad de un consenso científico sobre la situación de nuestro medio ambiente, sus perspectivas y propuestas; la realidad nacional de nuestra madre tierra y nuestra casa común, evidencia que nuestra conciencia ecológica sigue siendo un gran desafío de la educación formal y no formal. Necesitamos ser una sociedad educativa para proteger, recuperar y recrear nuestros ecosistemas con sensibilidad y responsabilidad con las nuevas generaciones; pero también necesitamos de ecosistemas protegidos y renovados, disponibles para concientizar.

Nuestra educación tiene en esta temática un currículo con buenos propósitos. Desde el 2004 y con ajustes en el 2008, la educación básica y media propone la comprensión de las interrelaciones entre el ser humano, el medio natural y social; así como la utilización pertinente de la tecnología para un desarrollo sostenible. Pero con más de diez años de implementación es necesario evaluar este currículo, y actualizarlo con los nuevos criterios de grandes temas emergentes, tales como el cambio climático (concepto, efectos y medidas preventivas y mitigadoras); la prevención y mitigación de desastres naturales, y nuevos criterios para la preservación de nuestra biodiversidad.

Es valioso el esfuerzo de formación de docentes que realizan las Escuelas Normales y las Universidades que brindan esta formación. Sin embargo, ahora se trata de armonizar los perfiles de la formación estudiantil con los de formación docente. Asegurar perfiles docente-metodológicos actualizados, relevantes y pertinentes; maestros y maestras con los conocimientos científicos-técnicos y las competencias pedagógicas, para propiciar una conciencia ecológica estudiantil, para una vida consciente y comprometida con su hábitat natural y comunitario.

Evidentemente, ambos procesos de mejoramiento formativo requieren de materiales de estudio y didácticos actualizados, que faciliten asimilar los temas con motivación y claridad; así como el uso de enfoques más horizontales, participativos y de formación del pensamiento crítico, tales como la enseñanza para la comprensión, el razonamiento científico, la investigación, la redacción de ensayos, el diálogo, y la dialéctica de la acción-reflexión-acción participativa, entre otros.

Tema crucial, sin embargo, es el mejoramiento de los ambientes del aprendizaje. Porque para formar la conciencia ecológica, el hecho educativo debe ocurrir en nuestra naturaleza, nuestros ecosistemas y hábitats socio-naturales. No se desarrolla conciencia ecológica donde el aprendizaje fundamentalmente ocurre en aulas y laboratorios tradicionales.

Todavía tenemos, sin embargo, de las mejores aulas y laboratorios en las comunidades y municipios del país: diversos paisajes y ecosistemas, entornos y reservas silvestres, microclimas, bosques, con diversas especies de plantas, flores, animales, así como una variedad de etnias y grupos culturales, en los cuales encuentran una mayor significación. Y para forjar una mayor conciencia ecológica desde la educación formal y no formal, deben restaurarse y multiplicarse estas aulas y laboratorios verdes, y hacerlos sostenibles en todo el territorio nacional.

Para ello, es necesario fortalecer las instituciones y alianzas sectoriales, para combatir la depredación ambiental y sus efectos, así como las causas y los efectos del cambio climático en nuestro medio. Frente a estos enemigos de nuestro medio ambiente, necesitamos construir una amplia y sólida sombrilla de riqueza natural, sostenida con conciencia ecológica. Esto ya lo han hecho otros países, como Costa Rica, con menos riquezas ecológicas; pero con mayor inversión en educación y conciencia ciudadana de los derechos ambientales; sin dejar de mencionar a los pioneros: Suiza, Suecia, Finlandia, Australia, Alemania.

En consecuencia con el artículo 60 de la Constitución, es preciso articular una estrategia nacional para restituir el pleno ejercicio de los derechos ambientales. Con una mayor presencia de las instituciones ambientales en los territorios; asignándoles garra coercitiva para frenar los delitos ambientales, y fortaleza en educación no formal. Coordinando entre las instituciones propiamente ambientales, educativas, productivas, tecnológicas, socio-culturales y de desarrollo local. Y todas ellas, fortaleciendo la participación ciudadana ambiental, la cual es débil en esta materia, especialmente en los territorios con mayores riquezas forestales, acuíferas y biodiversidad.

De esta forma estaremos generando condiciones de equidad e inclusión, entre otros, para que todos los hogares accedan al agua de calidad, y haya agua disponible en todo tiempo para la producción agropecuaria; para preservar las fuentes de oxígeno, la buena disposición y uso inteligente de la basura para una vida saludable; renovar la productividad de las tierras para la seguridad alimentaria-nutricional; sin menoscabar la necesaria diversidad de sabores, olores, colores, funciones y formas de especies animales y vegetales, indispensables para el balance y belleza ecológica.

Nuestra conciencia ambiental - en todo el sentido de la palabra - sentará bases para un desarrollo humano sostenible; en ello, la educación formal y no formal juegan un papel indispensable. Pero es necesario respaldar la educación ambiental con aulas y laboratorios verdes y reverdecidos, por las instituciones, empresas y grupos socialmente responsables. Esta corresponsabilidad es fundamental cuando hablamos del medio ambiente para nosotros y las nuevas generaciones.

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