Erick Aguirre
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En algún lugar de un gran país Julio Cabrales y Beltrán Morales perdieron alguna vez la razón. Creo que los dos la siguieron buscando en el quizás vano intento por continuar escribiendo en medio de tanta sombra, y en sus obsesivos y extraviados recorridos por las calles de Managua, ese hogar suyo entrañable y horrible que alguien olvidó construir de nuevo, y donde irremediablemente los siguió quemando el sol.

Beltrán no la perdió del todo, y en medio de una de sus crisis anímicas seguramente la encontró en el hospital psiquiátrico de la ciudad, donde al nacer murió, como un genio que ignora su magia; igual que pronto lo hará también Julio, dueños ambos de esa misma magia concedida sin pedirlo por algún ángel maligno –como dice la canción de Duncan Dhu–, mucho tiempo antes de nacer.

Como epígonos funestos del poeta Alfonso Cortés, en algún momento irremediable ambos perdieron la razón. Julio la perdió o empezó a perderla a mediados de la década setenta, o tal vez antes, o tal vez desde siempre.

Todavía recuerdo haberlo visto llegar varias veces a la redacción del suplemento Ventana, a mediados de los años ochenta, bastante más gordo que como lo había visto antes en una vieja foto de los años sesenta que me enseñó el poeta Álvaro Urtecho, o el profesor Iván Uriarte, en la contratapa ya bastante desgastada de Omnibus (1975), su tercer libro de poesía.

El primero fue Sonata para enflorar tu psiquis abolida, una separata editada en España por Papeles de Son Armadans, en 1968, y el segundo una impresión de escaso tiraje publicada en Managua por la imprenta del doctor Adán Selva: Esbozo de un joven (1970). En ambos Cabrales se ejercitó precozmente, con fuerza, propiedad y desenvoltura, en el poema extenso, de largo aliento.

A la redacción de Ventana, en los años ochenta, Julio llegaba siempre sudoroso, oliendo fuerte, con una vieja camisa blanca, pantalón negro o azulón; el pelo algo escaso, bastante largo, y anteojos de marco negro de carey.

Siempre llevaba un manojo de papeles con poemas escritos a mano, que después pasaba a letra de molde en la máquina de escribir de Donaldo Altamirano o de Juan Chow, con quienes conversaba largos ratos, fumando como un demonio. Todavía recuerdo sus dedos temblorosos manchados de nicotina, apretando las colillas que fumaba hasta que casi no les quedaba más tabaco.

Casi toda su poesía es acerada, limpia, fuerte y profunda; escrita con la fuerza, la inteligencia y pasión de un iluminado. Apropiada mágicamente de lo tangible y lo intangible; escarbada, encontrada y expuesta desde las profundidades no solo del corazón, sino también de una conciencia frecuentemente perturbada o desde la misma enajenación.

Tres poemas memorables de Julio, dignos de sobrevivencia a lo largo y ancho del tiempo, son, en mi opinión: Sonata para enflorar tu psiquis abolida (dedicado a Fernando Gordillo), Carta a mi madre y El esplendor de la rosa, uno de los textos poéticos de largo aliento más ambiciosos, narrativamente bien logrados y sostenidos de la literatura nicaragüense de mediados del siglo veinte.

A pesar de cierta subjetividad a menudo muy subrayada, que lo hace parecer un poco oscuro, y de ciertas alegorías o imágenes que ensombrecen a veces sus textos, la poesía de Cabrales es por lo general muy clara, directa, narrativa o coloquial, exteriorista a fin de cuentas.

Su tendencia o predilección por el poema largo, extenso, narrativo, podría emparentar su poética, en cierto modo, con la de Ernesto Cardenal, pero la estirpe de sus textos creo que proviene más de Joaquín Pasos y Martínez Rivas. Beltrán lo reconoce indirectamente en su crítica a Esbozo de un joven, publicada en los años setenta.

Cuando hace unos años veía a Julio mendigando a las puertas de El Nuevo Diario, aunque me llamaba por mi nombre yo pensaba que era incapaz de identificarme. El poeta Xavier Quiñónez me dijo que una vez se sentó en la acera a conversar con él, y lo encontró lúcido, criticando el último número del suplemento cultural.

“¿Y qué te parece Erick Aguirre?”, le preguntó Xavier, no sé por qué. “Buen muchacho”, respondió Julio. Nada más.

* Escritor y periodista.

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