Jorge Eduardo Arellano
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Durante la Gran Convención del Partido Liberal Nacionalista, desarrollada en León del 6 al 10 de enero de 1944, Tacho se reunió con todos los sectores, inclusive con universitarios que le rindieron homenaje en casa del “caballero” don Horacio Aguirre. Pero la convocatoria sirvió también para enfrentarse a las fuerzas liberales, adversas a cualquier maniobra releccionista. Uno de esos líderes era el general Carlos Pasos Leiva, un magnate textilero y maderero —además de financiero de la revolución constitucionalista— que había preparado un discurso en el cual enumeraba todos los negocios del gobernante. “Después de todo —declaró Somoza García—, tengo las cañas huecas.

Díganle a Carlos Pasos que si insiste en pronunciar su discurso, que no se olvide en llegar armado.

No soy un sujeto al cual se le puede derrocar con discursos”. Pasos fue arrestado para evitar previamente su presencia en la Convención.

De inmediato Tacho intentó recurrir de nuevo a la reforma de la constitución para seguir perpetuándose en el poder. En una discusión franca con los diputados opositores, aseguró: “Debo mantenerme en el poder. Tengo muchos enemigos y debo defender mi vida y mis propiedades. Más aún, soy la única persona que sabe cómo administrar este país”. El proyecto fue debatido intensamente en el Congreso. El Gobierno envió una “barra” de empleados del ferrocarril y gente de León para abuchear a los diputados que se oponían al proyecto de reforma, las cuales fueron aprobadas en segundo debate el 20 de abril. “El derecho de reelección presidencial queda al arbitrio del presidente Somoza, dentro del término de dos años. En ellos puede ejercerlo o vetar la mencionada ley”. Pero la sublevación cívico-militar iniciada el 2 de abril en El Salvador contra la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez, lo mismo que su retiro del poder el 8 de mayo y salida de su país el 11 del mismo mes, estimuló el antirreeleccionismo de la mayoría de la población. Este factor subjetivo se acrecentó con el movimiento popular que echaría por tierra la dictadura de Jorge Ubico en Guatemala el 1° de julio.

Todo ello condujo a una crisis del régimen, gestada principalmente por los estudiantes desde Universidad Central, establecida en Managua el 15 de septiembre de 1941 y cuya directiva estudiantil —encabezada por Fernando Agüero— había suscrito el 5 de mayo de 1944 un manifiesto contra el régimen dictatorial de Hernández Martínez en El Salvador. Ellos encabezaron la agitación política de junio y julio de 1944 que, cundiendo en casi todo el país, tenía el objetivo de impedir el continuismo de Somoza García. Otros factores, como se sabe, intervinieron en ese —hasta entonces—movimiento espontáneo e inédito de oposición urbana. Al fin, el dictador, con el apoyo por algunos políticos liberales ––sobre todo de José María Moncada–– logró sortear la crisis reprimiendo, confinando y expulsando del país a los principales opositores del momento. Pero aceptó que la presidencia de la república la ocupara nominalmente un miembro de su Partido Liberal Nacionalista.

La Universidad Central fue clausurada por decreto ejecutivo del 28 de junio de 1946. Durante sus cinco años de existencia, impulsó por primera vez en el país “los principios emanados de la Reforma Universitaria de Córdoba, de 1918” (libertad de cátedra, extensión universitaria, servicio a la comunidad, idea de la autonomía); se constituyó en el primer centro de actividad cultural, artística y científica de Managua; su estudiantado, a la vanguardia del movimiento popular, puso “en jaque” a la dictadura, faltando únicamente un partido plenamente organizado que le diera el “mate”. También su mismo estudiantado reivindicó la lucha de Sandino, asumiendo a este como héroe nacional, además de recordarle a Tacho que él era su victimario; y su cierre obedeció al fracaso del mismo Somoza García por someterla, es decir: a una decisión de cortar de un tajo su oposición beligerante.

En consecuencia, el dictador de Nicaragua declararía poco después: Dos hijas tuve en mi gestión de gobierno: la Academia Militar y la Universidad Central. A las dos las consideré niñas de mis ojos.

Pero la segunda me salió puta.

La crisis fue tan profunda al punto que la Embajada estadounidense, preocupada por evitar una situación revolucionaria como la de Guatemala, o la crisis de El Salvador, aceptó que Somoza García se retirase de la conducción del gobierno para quedarse solo con el control de la Guardia Nacional.

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