Orlando López-Selva
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Sunao Suboi es un ciudadano japonés de 91 años. No es extraordinaria su longevidad en ese país tan armonioso, respetuoso, desarrollado, culto y espiritual.

Lo atrayente es que este señor es uno de los nipones sobrevivientes del ataque nuclear estadounidense en Hiroshima, de agosto de 1945.

Tal acontecimiento fue devastador. 

El presidente estadounidense Harry Truman, con tal de ponerle fin al conflicto que había enfrentado a estas dos potencias de entonces --EUA y Japón (entre 1941-45)--, decidió arrojar la bomba sobre ciudadanos inocentes de Nagasaki e Hiroshima.

Japón solo podía rendirse. Desde entonces ha permanecido amigable y digna luego de esa herida  horrenda que le dejara la bomba atómica. Entonces, el reino del Japón era “El imperio del Sol naciente”.

Ahora, el presidente Barack Obama ha anunciado que próximamente visitará esa ejemplar nación asiática. Asistirá al Parque de la Paz, en Hiroshima, para rendir homenaje a los caídos ahí y los sobrevivientes de esa hecatombe. Ese recuerdo es una larga cicatriz de horror y vergüenza para la humanidad.

La decisión ha sido polémica. Hay quienes dicen que el presidente Obama no debería ir; y quienes sostienen que debería ir, poner una ofrenda floral, lamentarse de la decisión de su predecesor (Truman), y pedirle perdón a los japoneses.

¡Qué difícil será para las potencias pedir perdón!

En el bombardeo a Hiroshima murieron 120,000 civiles inocentes en el acto; y en Nagasaki otras 80,000. Pero, con el paso del tiempo, murieron 40,000 más.

¿Masacre justificada?

Nunca. Las armas nucleares no deberían existir, mucho menos  mencionarse. Los realistas como Henry Kissinger afirman que estas armas, también, sirven para persuadir a otros Estados a  negociar y buscar soluciones pacíficas o para contenerlos en sus ofensivas guerreristas.

Algo parecido decía George F. Kennan y toda la escuela de hawks que han apoyado el armamentismo nuclear. Veían la guerra no como un último recurso sustituible, sino también  como una oportunidad de aumentar el poder global y hacer grandes negocios. 

Y es que el mal mayor nacido de la guerra fría eran las armas nucleares. Son el más estúpido mecanismo inventado por el hombre para someter e imponer su terror. 

Los países de ese club nuclear que se regodean en el oportunismo arrogante de saber que pueden borrar de un plumazo a cientos de miles de ciudadanos o destruir parte de la civilización humana, son pocos: Rusia, Estados Unidos, China, Francia, Inglaterra, India, Paquistán, Corea del Norte. Y, subrepticiamente, se unirían a ellos, Irán e Israel.

En América Latina y África nadie posee armas nucleares o químicas. ¡Enhorabuena!

En las escuelas de estudios internacionales de Estados Unidos siempre se discute el asunto ético del bombardeo nuclear a las  ciudades japonesas. Y el argumento revisionista es que esa decisión trumaniana  impidió que se instalara un régimen tiránico en Tokio.

Lo siento mucho. No estoy de acuerdo. Nunca una acción abominable puede ser un mal menor justificado para evitar otro mal mayor. La muerte de un cuarto de millón de ciudadanos inocentes jamás podrá ser remedial. 

¡Haber bombardeado Hiroshima y Nagasaki sigue siendo irracional e inmoral!

Lo triste de todos estos antecedentes es que cuando surgen los perversos Idi Amín o Pol Pot (de países del tercer mundo) se les juzga con toda la severidad posible, olvidándose que la paja en el ojo ajeno siempre es ubicua, e ignorada por todos los que se sienten civilizados, cultos y superiores. 

¿Por qué Truman aparece distante de Stalin y Hitler en los anales de la historia?

Si Obama va al Japón, tal como se dice, su gesto será humilde, diplomático y bienintencionado. Tampoco se trata de pedir perdón y volverlo a hacer cuando se presente otra oportunidad. ¡Never more! --como dice el poema de Poe.  

En realidad, la diplomacia del presidente estadounidense actual es porfiada. Nunca ha sido esa la costumbre. Obama va donde otros presidentes nunca lo hubieran siquiera pensado. 

Aparte de cualquier valoración, me parece admirable la actitud y frase del ciudadano Suboi, que no pide un perdón del líder de esa potencia, antes enemiga y hoy amiga de los japoneses. Él solo pide que el presidente Obama “coloque una ofrenda floral en el parque de la paz y baje la cabeza en silencio”.

Ese gesto bastaría. La petición evidencia la superioridad espiritual y moral japonesas. 

El pueblo japonés sí sabe vivir. No siempre se puede ser imperio. Y aun en medio del sufrimiento o el odio, cabe la grandeza para pedirles a los demás solo respeto y evocación.

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