Roberto Sánchez Ramírez
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En el centro del poder, frecuentemente hay un péndulo que oscila entre el servilismo y la adulación, la burla y el irrespeto. Apenas se detiene en medio para expresarse con cordura y coherencia. Frecuentemente caemos en la timidez negativa de no hablar o escribir, sobre alguna persona que ejerce el poder gubernamental, por no caer en el riesgo de ser señalados como serviles o aduladores.

No quiero caer en esa tentación referente a Rosario Murillo. Le guardo más de un reconocimiento. La he conocido en diferentes etapas de su vida. Soy testigo que por ser consecuente con sus principios, habitó en una modesta vivienda, en un humilde barrio, con calle de tierra. Vivía ella con Zoilamérica, Payo y una tía. Fue una época de relación muy fraterna.

Ordenando viejos recortes de periódicos y revistas, me encontré con una publicación, en la que protesté, cuando echaron presos a Rosario y Carlos Mejía Godoy, entonces militantes del Grupo Gradas. Me parece oportuno reproducirlo como un homenaje a una mujer, con muchos méritos propios, que no necesita de cantatas serviles, ni se merece expresiones de mofa o caricaturas burlescas. 

Escrito alrededor de hace cuarenta años, titulé el artículo “Nuestro delito de pensar en voz alta”. Lo reproduzco en homenaje a Rosario: “Cuando me enteré que a Rosario Murillo y Carlos Mejía Godoy, miembros del grupo Gradas, los habían echado presos, en nada me extrañó la noticia. No es que crea que hayan existido motivos para que eso ocurriera, pero cuando en un país como el nuestro, cárcel triangular para los que piensan, se quiere ser libre y acorde a la dignidad humana, si no se está preso, por lo menos se vive bajo el riesgo de estarlo en cualquier momento.

La represión ha hecho de muchos de nuestros ciudadanos, seres en los que el volumen de la conciencia está condicionado a los intereses del dictador y su sistema de mando. Queda sin embargo, y él lo sabe, una voz, baja tal vez, pero voz al fin que permanece en la mayoría de los nicaragüenses, mantenida por quienes piensan en voz alta, sostenida por el sacrificio, nunca estéril, de muchas tumbas, algunas desconocidas, y el testimonio de la cárcel y la tortura. Eso lo sabe el dictador, pero aparenta hacerse el sordo, pues el megalómano vive engañándose a sí mismo, y convierte en el sendero de la vanidad y la soberbia, las voces de protesta en cantos de alabanza.

Por eso, cuando las voces suben de volumen, el dictador no puede soportarlas. Entonces, ante la incapacidad para demostrar lo contrario a la realidad que se denuncia, no le queda más remedio que hacer actuar a su aparato represivo. Es cuando, pese a las apariencias, el dictador es más débil que nunca. Todos sus discursos pierden fuerza, sus slogans y fotos llenas de sonrisas presentan la verdadera imagen y con toda su fuerza de seguridad, el dictador se vuelve indefenso, atemorizado, igual que aquellos que en los circos romanos veían con terror como morían los primeros cristianos cantando alabanzas al Señor, al único Señor que hay, llenos de la mística que da el amor a la libertad.

Qué irónico, pensar en el acordeón de Carlos y en Rosario que yo creo que ni siquiera tiene un cortauñas que pudiera ponerse de pretexto como arma cortante. Uno poesía-cantada y ella poesía-sentida, presos ambos escuchando y viendo todo lo contrario al mundo que aspiramos tantos. Vago, le dijeron también en su juventud a Rubén Darío, los que también en su época querían oír solo lo conveniente para sus intereses.

¡Qué ironía!, cuando las tanquetas y las metralletas suenan menos que el canto y el poema. Pero es explicable; aquellas pueden traspasar nuestros cuerpos sin tocar las conciencias, y estos sin tocar los cuerpos pueden llegar a las conciencias. Para un intelectual el ser libre, aunque esté preso, es vivir; para otros simplemente existir, como un árbol o una piedra. Hay cantos y poemas que para ciertas conciencias no son más que insomnios llenos de intranquilidad y pesadillas”.

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