Adolfo Miranda Sáenz
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El presidente Barack Obama será recordado como uno de los mejores presidentes de Estados Unidos, aunque despierte hoy sentimientos polarizados entre el amor y el odio. Algunos lo odian simplemente por ser negro, principalmente los llamados WASP (white, anglo-saxon, protestant) descendientes o de la misma raza y cultura de los colonizadores del noreste de EE.UU., que se creen los dueños de ese país, y algunos que —por no ser negros, asiáticos, ni tener rasgos indígenas— quisieran ser WASP. Otros odian a Obama por su política social, sobre todo por el Obamacare; por su política internacional o por su posición a favor del matrimonio gay y la libertad de decidir sobre el aborto (que no comparto, pero no por eso dejo de simpatizar con él en lo demás). 

Por las mismas razones que unos lo odian, otros lo admiran. El primer presidente negro de EE.UU. es un símbolo de la igualdad de derechos que —siendo todavía relativa— ha costado y sigue costando mucha sangre y lágrimas. Sus ideas social-liberales han captado las simpatías de los jóvenes progresistas, de las mujeres que luchan por sus derechos, de los homosexuales que han sufrido tanta discriminación, de las minorías étnicas, de los inmigrantes, de la mayoría de personas de las clases media y baja, de millones de estadounidenses de mentalidad abierta e ideas avanzadas.

Obama sacó a EE.UU. de la terrible crisis económica que dejó la administración republicana con George W. Bush a la cabeza. Hoy todos los índices económicos son mucho mejores. Con el Obamacare logró que más de veinte millones de adultos ya no tengan que preocuparse por quedar en la quiebra cuando se enfermen, o por perder la atención de su salud y la de su familia cuando cambien de empleo, o por tener que acudir a la caridad o a las trampas para obtener atención médica. Hoy por primera vez EE.UU. tiene un sistema de salud decente, aunque no está todavía al nivel de la atención universal de salud que tienen los países más desarrollados de Europa, Japón, Corea del Norte, Australia, Nueva Zelanda o Canadá. Obama promovió la calidad de la educación gratuita hasta la secundaria y las oportunidades crediticias para entrar a la universidad a jóvenes no ricos. La educación pública gratuita es algo prioritario para Obama como presidente demócrata (contrastando con las propuestas republicanas como la de sus dos contrinc
antes electorales, McCain y Romney: Cerrar escuelas públicas y dar certificados de “abono a impuestos” a los padres para subsidiar “una parte del costo” de enviar a sus hijos a las escuelas privadas).

Obama cambió notablemente la política exterior, desde las absurdas ambiciones imperiales de George W. Bush y el Partido Republicano —catastróficas para EE.UU. y el mundo— hacia una política que responde mejor, de manera realista, a los intereses legítimos de EE.UU., estableciendo intervenir en otras naciones únicamente cuando no haya otra salida y en coaliciones internacionales. Su único error fue apoyar a algunas potencias europeas en el conflicto de Libia. En cambio, logró un acuerdo con Irán sobre uso de energía atómica solo para fines pacíficos, con el consenso de todo el planeta, a excepción de Israel. Así logró no solo parar la carrera nuclear de Irán, sino reducir un poco la influencia judía en la política estadounidense, una de las causas principales del estancamiento del proceso de paz en el Medio Oriente. Sobre la normalización de relaciones con Cuba, esta fue apoyada por todo el mundo, incluyendo la amplia mayoría de estadounidenses.

Este es el legado de Obama —con un índice de popularidad positivo— que asegura la continuación de la era demócrata con Hillary Clinton, lo que presagia que EE.UU. continuará avanzando por buen camino.

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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